El canto grave del gaucho se deslizaba por la neblina y sobre el tapete. Fuera sonaba el viento invernal atándose a los barrotes de las ventanas. Tito, con el medio purito colgándole de la boca llamaba la atención de la comparsa de jugadores empedernidos, refugiados en el rincón del Bar del Tío Miguel.
- ¿Os acordáis del Andrés? – les espetó sin quitar ojo de las cartas, con ojos golosos, como si tuviera algo realmente bueno entre las manos. Ninguno le miró, ni tan siquiera gruñeron para darle idea de que seguían sus palabras. Tanto se conocían que eso podría significar darle alguna ventaja.
- ¡Si, hombre!, ¡ese que nos arregló la biblioteca en la Casa de la Cultura! – Nada, ninguna reacción. Es igual continuó con el monologo:
- ¡Qué jodío el tío! .... ¡pues, nada, que a la vuelta a casa se dió una hostia con unas vacas y a poco no la cuenta!. Bueno ella ... ¡ cuando ví como le quedó el coche! ¡ siniestro total! -. Nano se dió un trago largo del botellín y tiró una carta en el tapete. A la par que sonaba un mudo golpe de nudillos al dejar la carta sobre el tapete, lanzó la pregunta que esperaba oir el Tito:
- ¡ Y qué ha sido de el?. ¡Hace tiempo que no se le ve por aquí! –
Tito se dio un respiro. – Pues no sé ... –. Qué decir de Andrés, un tipejo que había heredado el gen de su Abuelo, ese que jugando en el Casino había perdido todo: hacienda, hijas y hasta el mausoleo que se preparaba, para no perder posición entre la burguesía de Almería.
- El caso es que creo que anda por ahí perdido, creía que se había rehabilitado, pero ha vuelto a jugarse hasta los higadillos - . Levantó la vista y encontró la de Miguelón, lo justo para señalarle el botellín y darse a entender.
- ¡Anda!, ¡no sabía que fuera tan vicioso del juego! – le espetó Goyo, soltando una risa nerviosa, que se secó sola en el aire leñoso del bar.
- ¡Ya ves! – tosió de mentira, arrebujándose sobre la silla y haciendo crujir el mimbre de la silla y continuó con la historia. – Casi le cogen para trabajar de crupier en el Casino de Torrelodones, pero calla, que en la última prueba, cuando estaba a punto de quedarse con el curro, le quitó la plaza un cura casado, del mismo colegio donde había estudiado, ... joder, ¡qué puta casualidad!. Además, no te lo pierdas, ese mismo cura le había tirado los tejos a su novia ... –
- ¿Y se la tiró’ – preguntaron todos casi al unísono
- ¿Quién, el Otazu? – respondió Tito
- ¿El cura? ... a la novia del Andrés, joder es que pareces tonto!, - le dijo Liborio, el decano en la mesa de juego.
- Pues eso, Otazu se llamaba el cura ... creo que si, Desde aquellas anda perdiendo novias a patadas, una se fue con su hermano, que se ocupó de ella cuando la dejó en casa esperándole mientras iba a comprar helados para el postre. Cuando volvió se quedo tan helado como la tarta al güiski que traía bajo el brazo, ... ¡ja ja ja! - Goyo, Liborio, Miguelón y Nano ya estaban enganchados a la historia, más que al propio juego.
En esas, levantó la vista, aspiró un poco, sacó pecho y lanzó casi a la carrera una carta bien sobadita y que rodó por la mesa. Dijo, ufano, con media sonrisa:
- ¡Cierro! .... – Pero el caso es que los contertulios les importaba poco la jugada, esperaban algo más de la historia. Le miraban a la cara, expectantes.
- Ah, estoo, pues la última novia la perdió con unas vacas, pero eso ya os lo he contado ... -