Cogía el tren de las ocho y se hacía tarde. Y
qué tren iba a coger, preguntaba ella. Se atusaba el pelo bajo el pañuelo
sudado. Seria una madre estupenda, si no fuera por su marido, un fascista de
medio pelo, apocado y putero a la chita callando. Sus hijos saldrían iguales,
aunque del bando contrario. Estaban enfrentados hijos a padres, cuando en
realidad son horrorosamente parecidos.
Y así, los amigos de los hijos es probable que
sean muy parecidos a los amigos del padre. Por eso, lo mejor era no moverse del
barrio, estar cerca de los familiares, de los amigos de ambas generaciones,
para no disturbar demasiado a los dioses. Al final ellos son los que tienen la
última palabra, la única que hay cuando se acaban los argumentos, las defensas,
el último latido, la paciencia y la esperanza.
En ese momento, ¡toc!, sin previo aviso, le cayó una piedra
encima y cayó aturdido y espatarrado como un muñeco de paja, y al caer se
restregó con los brazos por el montículo abajo abriéndose la mano con una lata
herrumbrosa. Nada, nada, no es nada, saca pecho, hace el tonto diciendo que el
gorro le había evitado males mayores y la herida de la mano se la limpió contra
el pantalón .
Al volver al tajo, cogiendo piedras para
cargarlas en la ratona, le picó un alacrán y ahí ya tuvo que rendirse a la
evidencia, era un mal dia, El picotazo se había extendido por el brazo, el
contrario de la herida y miles de punzadas corrian por dentro y parecía que andaran buscando pistolas y un cinto para el remate.
A la tontuna, ya colectiva y mareante, el
capataz se une a la fiesta mandándole a casa, o mejor al médico y si era un
médico conocido mejor, que para eso el dueño de la finca era el médico del
pueblo.
Así que había ido a parar a trabajar para el
médico, fuerza viva del pueblo y que seguro no recetaría una baja, pues allí
nadie trabajaba con contrato, ni seguro
ni nada de nada, por unas 300 calas al dia. Un robo manifiesto.
Al día siguiente, anyway, al tajo, con la
dosis del analgésico más potente del mercado, combinado con otra dosis de anti inflamatorio.
No beba ni maneje máquinas reza el prospecto. Es igual, hoy viene el camión
frigorífico y toca ir a las balsas a sacar sacos de truchas.
A las balsas se accede por lo alto de sus paredes, estrechos pasillos
del ancho de los ladrillos, del mismo ancho de la suela de las reglamentarias alpargatas de
esparto. Ya sabes, cuando el esparto se humedece, se hincha y lucha por salirse
de la horma, se deshilachan las cuerdas y sus pelos se erizan pinchando como
aguijones las plantas de los pies. Tiene la ventaja de que la dureza que
adquieren y el calor que sube por los pies contrasta con el frescor de las caídas,
recurrentes, a la balsa, con las truchas saltando por la cabeza creyendo que llegó un nuevo alimento para sus muelas gelatinosas y mordiendo con ellas sin parar, hasta que uno se sube de nuevo como puede, reptando por el delgado tabique.
Y allí estaba ella, en lo alto del tabique,
diciendo eso, ven, anda, sécate con esta toalla…