Receta de la cúspide invertida

El helicóptero llevaba la carga colgada de un haz de cuerdas de metal, unidas todas ellas por un simple cabo y un ocho terminado en el dispositivo que abriría los anclajes de la carga.

Se posicionó en la vertical y lentamente inició la bajada.

Perfecto, la llegada de la carga sobre la plataforma no pudo ser más suave. Instante después, para liberar los enganches debería destensarlos con una leve bajada. Bastaría con medio metro. Una vez bajó medio metro, quizás algo más, el piloto debería haber iniciado la subida.

Los enganches habían saltado y ahora sólo faltaba subir y separarse de la carga y la plataforma. Pero, aún seguía bajando y los ocupantes del helicóptero vieron cómo se presentaba ante sus ojos, a menos de dos metros la cúspide de la carga, ahora invertida por el efecto del miedo colectivo.

Sólo apenas un grito de alarma fue lo que se oyó antes de que sucediera el desastre: las hélices chocaron con la carga y al primer golpe el aparato se escoró hacia la torreta del puente.

Se partió en dos el aparato, como un pedazo de hielo caído del cielo, y el humo y el fuego aparecieron simultanea y fulminantemente.

Sólo faltaba la última explosión, la que sucedió tras chispazos del roce del metal contra las paredes del puente y los golpes secos de fragmentos de hélices  y chapa golpeando contra los coches que aún transitaban. 


Ven, anda, sécate con esta toalla ...

Cogía el tren de las ocho y se hacía tarde. Y qué tren iba a coger, preguntaba ella. Se atusaba el pelo bajo el pañuelo sudado. Seria una madre estupenda, si no fuera por su marido, un fascista de medio pelo, apocado y putero a la chita callando. Sus hijos saldrían iguales, aunque del bando contrario. Estaban enfrentados hijos a padres, cuando en realidad son horrorosamente parecidos.

Y así, los amigos de los hijos es probable que sean muy parecidos a los amigos del padre. Por eso, lo mejor era no moverse del barrio, estar cerca de los familiares, de los amigos de ambas generaciones, para no disturbar demasiado a los dioses. Al final ellos son los que tienen la última palabra, la única que hay cuando se acaban los argumentos, las defensas, el último latido, la paciencia y la esperanza.

En ese momento, ¡toc!, sin previo aviso, le cayó una piedra encima y cayó aturdido y espatarrado como un muñeco de paja, y al caer se restregó con los brazos por el montículo abajo abriéndose la mano con una lata herrumbrosa. Nada, nada, no es nada, saca pecho, hace el tonto diciendo que el gorro le había evitado males mayores y la herida de la mano se la limpió contra el pantalón .

Al volver al tajo, cogiendo piedras para cargarlas en la ratona, le picó un alacrán y ahí ya tuvo que rendirse a la evidencia, era un mal dia, El picotazo se había extendido por el brazo, el contrario de la herida y miles de punzadas corrian por dentro y parecía que andaran buscando pistolas y un cinto para el remate.

A la tontuna, ya colectiva y mareante, el capataz se une a la fiesta mandándole a casa, o mejor al médico y si era un médico conocido mejor, que para eso el dueño de la finca era el médico del pueblo.

Así que había ido a parar a trabajar para el médico, fuerza viva del pueblo y que seguro no recetaría una baja, pues allí nadie trabajaba con contrato, ni seguro ni nada de nada, por unas 300 calas al dia. Un robo manifiesto.

Al día siguiente, anyway, al tajo, con la dosis del analgésico más potente del mercado, combinado con otra dosis de anti inflamatorio. No beba ni maneje máquinas reza el prospecto. Es igual, hoy viene el camión frigorífico y toca ir a las balsas a sacar sacos de truchas. 

A las balsas se accede por lo alto de sus paredes, estrechos pasillos del ancho de los ladrillos, del mismo ancho de la suela de las reglamentarias alpargatas de esparto. Ya sabes, cuando el esparto se humedece, se hincha y lucha por salirse de la horma, se deshilachan las cuerdas y sus pelos se erizan pinchando como aguijones las plantas de los pies. Tiene la ventaja de que la dureza que adquieren y el calor que sube por los pies contrasta con el frescor de las caídas, recurrentes, a la balsa, con las truchas saltando por la cabeza creyendo que llegó un nuevo alimento para sus muelas gelatinosas y mordiendo con ellas sin parar, hasta que uno se sube de nuevo como puede, reptando por el delgado tabique. 

Y allí estaba ella, en lo alto del tabique, diciendo eso, ven, anda, sécate con esta toalla…