Nazareh 2.0


Resulta chusco, toda una vida reconocida como escritor, poeta, literato, intelectual y acabar relegado a una imagen patética asociada a una filloa. Así reza, en el escaparate de una céntrica pastelería, la leyenda “crépe F.Pessoa”, y tras ella la lista de media docena de defenestrados personajes que marcaron una época o quizás, casi un siglo. El 20.

Vivíamos en una casa entre las calles Gil Vicente y Rua de Bonanza, a la altura de la clínica dentista. Gil Vicente es una calle transitada a menudo por coches que suben desde la avenida que recorre la playa. Casi no tienen aceras. Es decir, cuando alguien se cruza con alguien en esa acera, ineludiblemente uno de esos alguien tiene que pisar la carretera. No sé qué reglas no escritas suponen quién tiene que ser el que pise esa carretera.

Y ahora, lunes 6 de Agosto de este año 2003, Carlos y Marga están en la playa de aquí, de Nazareh. Quedo con Rufo a la espera de que llegue Doña Sao, la casera, que, al parecer, vendría entre las tres y las cinco de la tarde, para traer una plancha (“para pasar la ropa a ferro”) y con ella vendría un señor que repararía la lavadora. Son las siete y aun no ha llegado y dudo que lo haga. Mientras espero oigo música brasilera y en un momento he ojeado el libro de fotos de Alvaro Laborinho. Este tipo fotografió repetidamente el mismo rincón. Y en ese rincón, bañistas y pescadores, se suman al paso de los años. Se diría, si no fuera de otra manera, que Nazareh empieza y acaba en el mismo rincón. A medida que uno se acerca a él no deja de reconocerlo. Ejerce un sutil imán para el pueblo. En el extremo de este rincón se sitúa encastillado un edificio a modo de hotel de lujo. A eso ha llegado un barrio en el que se alquilan y venden hasta las esquinas. Rodadas hasta la orilla del mar, y extendidas por las calles del pueblo, mujeres ataviadas con prendas oscuras hasta las cejas se afanan en mantener al alza la industria hotelera. Se ofrecen habitaciones, cuartos y casas. El conjunto se diría que es el de mujeres de pescadores, los cuales debieron dejar la pesca y las artes hace tiempo y hoy quedan en la penumbra detrás del quicio de las puertas, en el interior de las casas. Son sombras que en el libro de fotos aparecen empujando redes, subidos a lomos de barcos de semblanza mitad góndola y mitad gabarra.

Contaba Nazareh con 26 lanchas de éstas para pesca local y unos 113 barcos para la costeira, hacia la mitad del siglo pasado. Hoy, poco más de 50 años después, las barcas ya no fondean en la playa. Un puerto, al otro extremo del pueblo y la bahía, alberga a unas pocas embarcaciones que esquivan como pueden a las motos náuticas, que pululan como ratas de agua.

El turista, inquilino temporal que da razón al ajetreo diario en los meses de verano, en este rincón de la vieja Europa, cumple con cretina alegría con el ritual de combinar playa y fiestas, es parte del mobiliario, y rueda arriba y abajo por la calle junto al mar y poco más.

En la playa, este turista, habita en un teatrillo formado por barracas (estructuras de palos cubiertas a modo de carpas, garitas castrenses) alineadas en perpendicular a la marcha de las olas. Así queda Neptuno como espectador y las fachadas de las casas como fondo del escenario. Los actores cambian diariamente, aunque sean los mismos: el actor siempre hace de cada representación una nueva y única sesión. Muy en su papel. El bañista también asume su papel.

El otro día, ejerciendo de actor en ese teatrillo, recordé alguna escena de la película / novela “muerte en Venecia”. Caían paveas sobre la piel y en el cielo parecían restos al viento de una Venecia desesperada tratando de eliminar las razones de la peste y las enfermedades combinando azufre líquido en las calles con la incineración de telas, sábanas y enseres de las casas abandonadas por familias enfermas y huidas. Esto, como Venecia, sigue siendo Europa, donde la peste tomaba forma de bosque abrasado.

Llegada a Nazaré

Bueno, las calles no eran nunca las mismas, sobre todo al recorrerlas según la suerte del día y dependiendo pues del destino, las prisas, la situación del sol o la luna, el ritmo de la compañía, el viento, los bares, .... A este desentendimiento de los sentidos por la orientación más básica se unía el humo de los bares. Más bien, el humo alrededor de ellos que, sin solución de continuidad, se encadenaban como un juego de la oca en el laberinto de estrechos pasillos, entre manzanas, que cruzaban la villa.

Si fue tan sólo un par de siglos lo que tardó en construirse la villa, parece una pura artimaña la disposición de las calles: colocadas en un continuo salto de caballo, girando a un lado y a otro a cada bocacalle, tratando de esquivar (ese caballo) a algún perseguidor o disponiéndose al servicio de una estratagema definida desde una vista superior, en un tablero sinuoso limitado al Norte por el pequeño puerto de abrigo a los escasos paquebotes que rasgaban la noche con sus minúsculas lucernarias. Al Sur, corta el tablero el roquedo, veteado por lanchas blancas de arena y caliza, tojos, gayubas y cactus en flor. Y sobre los últimos ágaves, rayando el sol de diciembre, eclipsando sus rayos del alba y de la atardecida se encuentra , ahí, la otra villa, otrora la que vio nacer a la villa marinera y hoy fundida en una combinación de gentes y silencios, de pesares y unas pocas alegrías. Alegrías que casi siempre fueron explicadas como milagros (irrepetibles, como todos ellos) y bálsamo agradecido a los naufragios de cada año repetidos.

El Oeste y el Este lo abrazan como en apócope de contraste lacerante y básico, primitivo: el mar, la mar ya casi océana y la sinuosa continuación del roquedo Sur, de la montaña escondida entre densos pinares umbrosos, lenguas de arena y caseríos desperdigados a su suerte.

Todo respondía a jugadas en un cabalístico plan introducido por alguna mente en plena ebullición, dominada por un fluido siempre enloquecido por su rozamiento con el lado rocoso del tablero. Ese mar, en el contacto con la roca, era empujado por su afán de desbordamiento. No en vano la villa marinera, la de abajo, había sido construida y reconstruida tras sucesivos abandonos del mar a la playa y de esta a otra más baja, sin saberse a ciencia cierta porqué cedió sus bastiones sin conocer la derrota ni plantear batalla.

La vergüenza de ese mar quedaba ahí, latente, moviendo vientos y nieblas: todas la mañanas amanecían tenues nubes cosidas a girones en los espolones del roquedo. En ellas, misteriosamente perdíanse bandadas enteras de gaviotas que sólo eran arrojadas a la playa como náufragos al despuntar la luna y el sol, enrojecido en el horizonte.

El viento movió seguramente los olores de la villa y construyó los pasos de sus portadores, los que los llevaban a su término, tanto para alimentar los corazones, los deseos, los estómagos propios y ajenos. Y sobre los olores, los trazados de las calles conducen vientos y sensaciones, que se juntan y separan al azar y premeditadamente para extenderse sobre el pavimento, las paredes y los pomos de las puertas. Hasta un pomo de una de esas puertas llegamos una noche, entramos en el tablero desde el Norte, bordeando el puerto desde el interior. El viento mostró la risa de aquellos caballos que transportaban mil olores ...