Pero mi hermano el día de Feria se transforma y es seguro que los días de Feria van marcados en su agenda con un minúsculo puntito rojo. El es de esas personas que escriben con letra muy pequeña, para no gastar. Mi madre dice que son como cagarrutas de hormiga, mientras se pone las gafas para leer cualquier cosa que ha escrito. Y es que usa el mismo tamaño de letra ya sea para una carta, una nota o para los carteles de los regalos de Reyes Magos. Esa costumbre delató el misterio a nuestro hermano pequeño, que no tuvo que ser un Holmes para ver que Melchor, Gaspar, Baltasar y mi hermano eran la misma persona.
El interés de mi hermano por la Feria esta no es profesional. En realidad es una mezcla de síndrome de Diógenes y disciplina deportiva que algun día deberá admitir como tal el Comité Olímpico. De hecho, su comportamiento es muy activo: recorre sistemáticamente todos los pabellones y va recogiendo folletos, carteles, libros y todo tipo de merchandising. Recoge todo lo que puede, exceptuando a las azafatas, y todo ello lo introduce en un carrito de la compra. Si, cierto, creo que es de los pocos que recorre la Feria con este tipo de vehículo. Cuando ha terminado de llenar el carrito, cosa que sucede casi cada media hora de recorrido, se le ve correr hacia el aparcamiento, cruza el aparcamiento, sale del recinto ferial, cruza alguno de los descampados (el nunca aparcaría en el recinto ferial, … para no gastar) y descarga la preciada carga en el maletero. Cierra bien, mira a ambos lados para cerciorarse que nadie le ha visto meter sus preciados tesoros y vuelve a sus dominios de caza.
Coincidí con mi hermano en esa Feria el otro día y he visto que ha sumado a sus presas otras no menos preciadas: papeletas de todos los sorteos imaginables. Si, desde un salmón ahumado en el stand de Noruega o un juego de botellas de aceite en algún lugar del recinto dedicado a Andalucía hasta un viaje a algún rincón de Kazajstán.