Daños colaterales

Por culpa de alguna desconocida contaminación, intento buscar explicación a lo que me rodea con justificaciones que me suenan aparentemente carentes de lógica.

Sí, por ejemplo, nunca ha sido menos cierto que la exposición continuada al lujo y la recompensa sin esfuerzo alguno ha generado legiones de imbéciles que no aguantarían ni una situación de zozobra, ni tan siquiera un amago de abandono sin siquiera un canapé de caviar que echarse a la boca. A esa tropa de fofos de todas las edades, bien armados con sus consolas de videojuegos y cachivaches de la tienda en casa, ya se andan acercando los famélicos hijos de los maltratados por las guerras, el hambre y el odio (ese que viene fresco, de generación en generación) que reclaman acariciar, aunque sea a sangre y pedradas, el suave terciopelo del placer. Y cuanto daño habrá hecho la adoración televisiva por algunos tipos de equipos de fútbol, porque los que matarán por ese trozo olvidado de la tarta irán vestidos con las camisetas de esos equipos de fútbol. Tremenda ironía. Fin de la historia.

En otro orden de cosas, mientras vienen aquellos a matar a nuestros hijos, está haciendo mucho daño a los poetas urbanos y, en general, a todos aquellos que hubieran querido serlo algún día, todos esos viajes rutinarios en tren de cercanías en los que la monotonía es ley a favor del desdén, el abandono, el olvido, … y el color gris del suelo de cada vagón se hace eterno y funde en un magna uniforme cualquier atisbo de ensoñación lírica o siquiera de corte pop, camp o retro. El resultado es que cualquier día, a estos embriones de artistas les surge el kit de la otoñada sin darse cuenta: bigote canoso como único resto de pelo en la cabeza, mirada adherida a las botas de esa chica morena de larga melena y en la mano, una gran bolsa con su respectiva radiografía. Camino del sanatorio o del tanatorio, según el número de cigarros consumidos en la juventud. Triste pérdida de visiones y pasiones, sin poder haber sido compartidas. Ni tan siquiera un instante.

Abundo en esto de los daños colaterales. También ha hecho mucho daño a la sociedad en general y, en particular a los grafólogos y viceversa, el uso cada vez más generalizado del teclado. El caso es que el otro día, en la radio, hablaba un tipo de una empresa de servicios de grafología y venía a decir que se dedicaban a, por ejemplo, a ayudar a labores de selección de personal y que eran capaces de ver en la escritura manual, hasta las intenciones, pasiones y hasta si un candidato en busca de trabajo había consumido droga. Se jactaba el experto de que gracias a sus servicios habían conseguido, incluso, apartar a gente de su puesto de trabajo con un sencillo análisis de la letra manuscrita. Por eso creo que también han hecho mucho daño a la Sociedad en su conjunto las toneladas de cuadernos de escritura Rubio, que los niños de antaño han copiado, rellenado y garabateado hasta la saciedad. Mis garabatos siempre han sido motivo de escarnio por los profesores y aunque éstos habrían sido muy bien valorados entre un parvulario de chino, árabe o cirílico, habría de verme con toda seguridad fuera del mercado laboral de seguir la tendencia esta que entroniza a grafólogos y sus alter ego resumidos bajo el paradigma de la ortografía moderna que preconizó un día un hombre llamado Rubio. Mucho daño, sí señor.