CAFRUNE

El canto grave del gaucho se deslizaba por la neblina y sobre el tapete. Fuera sonaba el viento invernal atándose a los barrotes de las ventanas. Tito, con el medio purito colgándole de la boca llamaba la atención de la comparsa de jugadores empedernidos, refugiados en el rincón del Bar del Tío Miguel.

- ¿Os acordáis del Andrés? – les espetó sin quitar ojo de las cartas, con ojos golosos, como si tuviera algo realmente bueno entre las manos. Ninguno le miró, ni tan siquiera gruñeron para darle idea de que seguían sus palabras. Tanto se conocían que eso podría significar darle alguna ventaja.

- ¡Si, hombre!, ¡ese que nos arregló la biblioteca en la Casa de la Cultura! – Nada, ninguna reacción. Es igual continuó con el monologo:

- ¡Qué jodío el tío! .... ¡pues, nada, que a la vuelta a casa se dió una hostia con unas vacas y a poco no la cuenta!. Bueno ella ... ¡ cuando ví como le quedó el coche! ¡ siniestro total! -. Nano se dió un trago largo del botellín y tiró una carta en el tapete. A la par que sonaba un mudo golpe de nudillos al dejar la carta sobre el tapete, lanzó la pregunta que esperaba oir el Tito:

- ¡ Y qué ha sido de el?. ¡Hace tiempo que no se le ve por aquí! –

Tito se dio un respiro. – Pues no sé ... –. Qué decir de Andrés, un tipejo que había heredado el gen de su Abuelo, ese que jugando en el Casino había perdido todo: hacienda, hijas y hasta el mausoleo que se preparaba, para no perder posición entre la burguesía de Almería.

- El caso es que creo que anda por ahí perdido, creía que se había rehabilitado, pero ha vuelto a jugarse hasta los higadillos - . Levantó la vista y encontró la de Miguelón, lo justo para señalarle el botellín y darse a entender.

- ¡Anda!, ¡no sabía que fuera tan vicioso del juego! – le espetó Goyo, soltando una risa nerviosa, que se secó sola en el aire leñoso del bar.

- ¡Ya ves! – tosió de mentira, arrebujándose sobre la silla y haciendo crujir el mimbre de la silla y continuó con la historia. – Casi le cogen para trabajar de crupier en el Casino de Torrelodones, pero calla, que en la última prueba, cuando estaba a punto de quedarse con el curro, le quitó la plaza un cura casado, del mismo colegio donde había estudiado, ... joder, ¡qué puta casualidad!. Además, no te lo pierdas, ese mismo cura le había tirado los tejos a su novia ... –

- ¿Y se la tiró’ – preguntaron todos casi al unísono

- ¿Quién, el Otazu? – respondió Tito

- ¿El cura? ... a la novia del Andrés, joder es que pareces tonto!, - le dijo Liborio, el decano en la mesa de juego.

- Pues eso, Otazu se llamaba el cura ... creo que si, Desde aquellas anda perdiendo novias a patadas, una se fue con su hermano, que se ocupó de ella cuando la dejó en casa esperándole mientras iba a comprar helados para el postre. Cuando volvió se quedo tan helado como la tarta al güiski que traía bajo el brazo, ... ¡ja ja ja! - Goyo, Liborio, Miguelón y Nano ya estaban enganchados a la historia, más que al propio juego.

En esas, levantó la vista, aspiró un poco, sacó pecho y lanzó casi a la carrera una carta bien sobadita y que rodó por la mesa. Dijo, ufano, con media sonrisa:

- ¡Cierro! .... – Pero el caso es que los contertulios les importaba poco la jugada, esperaban algo más de la historia. Le miraban a la cara, expectantes.

- Ah, estoo, pues la última novia la perdió con unas vacas, pero eso ya os lo he contado ... -

Palacio Almenado (Capítulo I, Doña Margarita)

Caía la tarde sobre el chamizo frente a la ermita y la fina lluvia de Octubre estaba calando el enramado del tejado. El tejero lo había dejado montado con prisas y las gotas que caían aquí y allá no interrumpían la lluvia de besos que Mario prodigaba entre los pechos de Tina, la hija del viejo Epifanio. Ella andaba ya con prisas por levantarse y trataba de zafarse incorporándose sobre el mullido colchón de paja.

Una voz lejana aun, llamando al pequeño Carlos, les alertó de movimiento en la aldea junto al palacete almenado. Mientras ella salía a toda prisa, Mario quedó siguiéndola con la mirada, a escondidas desde la puerta. Justo ya casi a unos pasos de la puerta del chamizo, los suficientes para que no se pudiera adivinar con claridad de dónde venía ni a donde iba, se cruzó con ella Manuel, el molinero, que le lanzó una voz desde el escañel de su verde calesa, la que tenía para las fiestas. Se mezcló ésta con el sonido de las ruedas como ruecas quejándose:

- ¡Tina! –

Ella se hizo un poco como sorprendida, le lanzó una mirada de desinterés y le hizo un gesto mudo de interrogación, apuntándole con la barbilla.

Manuel continuó, casi sin parar el carruaje, - ¡Dile a tu padre que le espero a eso de las ocho, en la estación, que viene la señora en el último tren de la tarde ... y ya sabes que viene cargada ...! – Esperó un instante la mirada de Tina, que le indicara que se había dado por enterada, pero ella ya corría a casa alterada por la noticia.

Esto quería decir que esa tarde habría mucho movimiento y que seguramente ya andaría buscándola Isabel, la gobernanta, para todo lo que a menester hubiera de sacar, poner, limpiar, cocinar, barrer, etc. La faena ya estaba hecha desde hace días porque se sabía que estaba al caer la llegada de Doña Margarita, pero siempre faltaba algo de última hora por hacer.

Doña Margarita no era en sentido estricto la esposa de Don Felix Frutos, el cual había heredado el predio junto con otras posesiones en una deuda de juego del Marqués de Almenara. Éste, desde que muriera su esposa, había ido bandeando su cuerpo, su salud y su fortuna en timbas privadas en Madrid, Valladolid y Segovia. Habría sido difícil recuperarle para el mundo de los vivos, de no ser por aquella misiva salvadora de la Corte.

Doña Margarita había estado sirviendo en casa del Capitán Diego López un renombrado miembro de la Guardia Real, que se enamoró de ella perdidamente y con el que casó y tuvo un hijo. Padre e hijo murieron en un embate de la mala suerte, en la que un extraño incendio se los llevó en menos de un mes. Ambos fueron enterrados en un mausoleo privado que aun hoy dormita junto a otro de la Casa Real en la Villa de Manzaneque.

Doña Margarita y Don Félix Frutos se conocieron en ocasión de una de esas timbas y jugadas torcidas del Marqués de Almenara. Era de sobra conocido que destacados miembros de la Casa Real, así como allegados de la nobleza y sus validos celebraban estas citas de jugadores de cartas y apostadores empedernidos. En alguna ocasión el Marqués había convenido trasladar alguna partida a casa del capitán Diego López que consentía en ello a cambio de la mejora de posición de su pecunio y de su matrimonio con la bella Margarita. Ella atraía, con su sola presencia, el interés de muchos jugadores, que eran a su vez pretendientes de sus favores, imposibles de conseguir, teniendo enfrente al Capitán Diego Lopez. También, porqué no, estos pretendientes podrían llevarse, en un siempre dificil golpe de suerte, alguna migaja de los poderes y riquezas de aquellas suculentas timbas.

Eso pensó Don Félix Frutos un día que en su taberna se gestaba esta fantasía y otras muchas a la velocidad de una locomotora de esas, como las que ya pululaban por Madrid y sus alrededores.

Don Félix Frutos, tras cerrar la taberna ese día no dejó de pensar en urdir un plan para hacerse invitar a una de esas timbas. Le importaba poco la belleza de Doña Margarita.

Ese día, en el estío de ese año, llegó en forma de una fortuita visita a la taberna de un tratante de paños, que sorprendido por la repentina tormenta de verano en la calle, se refugió en su local y entabló conversación con Félix el tabernero. Como siempre, el seguía la corriente del visitante con especial maestría y oficio en esas lides de las conversaciones sin un fin determinado. Hablaron de paños y del interesante mercado que para él estaba empezando a gestarse, gracias al interés entre la nobleza de Madrid de adquirir tapices con motivos de dioses y héroes de la Grecia clásica y hasta con motivos pastoriles. La calidad del dibujo era lo de menos, importaba más traer a la casa lo que el vecino de mayor o igual linaje colgaba en sus paredes. Hablaron de lo incendiario que resultaba el caso, tanto en cuestión de encargos en aumento y dinero fresco, como por lo riesgoso de los tapices para tenerlos en casas donde el fuego convive tan cercanamente, en chimeneas, cocina, lámparas y candiles.

El tren llegó casi puntual, asomando al final de la larga curva que dibujaba la vía férrea desde Collado, bordeando las dehesas ahuecadas del predio del Negral. Doña Margarita iba pensando en las casas que había visto por el camino, le llamaban la atención las barandillas de madera lustrosas y los pináculos herrerianos que ya iban siendo moda desde que la residencia real de El Escorial adquiriera tintes de obra interminable. Parecía que algunas de estos palacetes quisieran rivalizar con aquella o siquiera lanzar un guiño de aquiescencia de nobleza obliga.

Llevaba consigo una pieza preciada de su vida en la Corte, un puñado de cartas, envueltas en un fardillo, misivas que había confiado a Doña Sancha, Condesa de Adanero y que ahora, ésta le devolvía, cómplice en la relación que aún mantenía, con el mayor y más diligente secretismo, con su amante fiel, Don Santiago Estevez, compañero de aventuras y suertes castrenses del Capitán Diego Lopez y el mejor amigo con el que contaba.

La llegada siguió el ritual previsto, y los enseres y estancias revisadas a fondo. En los días sucesivos se incorporaría Don Felix, que vendría acompañado del pequeño Jorge: juntos volvían de visitar las tierras del Valle del Tera, un viaje que se antojaba siempre largo y que, en esta ocasión, tenía el aliciente de que padre e hijo habían visitado el balneario de Neila, donde el médico de cabecera de la familia les había recomendado pasar una temporada y recuperarse de sus incipientes achaques uno y de la inapetencia el otro.

Doña Margarita, en cualquier caso, buscaba en esa revista en detalle de mobiliario y rincones del palacete y dependencias aledañas, no sólo un lugar donde guardar aquellas cartas, sino también un lugar donde escribir y disfrutar en largas respuestas a las mismas y, principalmente, un rincón donde volar con la imaginación al leer y releer aquellas cartas una y otra vez.

Al poco de llegar, ya había elegido ese lugar, al menos de forma temporal. Se trataba de un pequeño palomar escaleras arriba de una de las torretas del palacete. La torreta había quedado condonada por ese motivo y, de hecho aun albergaba indicios de aquel uso al que estaba destinada. Sin embargo, la vida del palomar fue tan efímera como trágica. No pasó más de un año sin que día si, día no, desapareciera alguna paloma del palomar. La causa de aquella rara epidemia venía, como era fácil imaginar, de un azor que campaba a sus anchas por el bosque y la dehesa aledaños. El día que Don Félix vió finalmente, con sus propios ojos y tras muchas horas de espera, el lance de caza de la rapaz, se le incendió el alma y juró perseguirla hasta encontrar su guarida y acabar con ella y su descendencia. Ese odio encarnizado albergaba, secretamente, una admiración por el modo de caza del ave. Más adelante, esa admiración tornaría en pasión casi obsesiva de Felix por la cetrería y sería la causa de la ceguera en un ojo que le acompañó por una larga temporada.

En la torreta pasó Doña Margarita, hasta la inminente llegada de su marido y el pequeño, muchas noches en vela. A la luz tenue del candil, sin que el resplandor delatara a nadie su presencia en el exiguo ventanuco, recordaba aquel viaje a Sintra, en el que conoció a Santiago Estevez. Recordaba el día en el que al Capitán le llegó la orden de marchar allá, acompañando a cierta comitiva real en viaje con carácter urgente. La propia reina Isabel viajaba para allá con sus validos, ministros, servicio y, por supuesto, parte de su guardia personal. El Capitán, conociendo la belleza del lugar había acariciado la idea de poder compartir allá con Doña Margarita algún momento de los días y gran parte de las noches que, si no todas, si de aquellas que luego fuera fácil recordar.

Se dio en aquel viaje una circunstancia que propició el encuentro entre los amantes. El Capitán fue llamado a ser el acompañante de la comitiva de forma directa y personal, junto al carruaje de la Reina. El Capitán esperaba tener la posibilidad de delegar en otra persona de igual rango entre la guardia real, e incorporarse más tarde en un pequeño grupo de apoyo al destacamento principal. En el segundo grupo sería en el que iría, secretamente, Doña Margarita. Parecía que todo estaba bien planificado y atado, pero sucedió algo que no esperaba. La propuesta del destacamento de apoyo fue bien acogida por la propia Reina, pero no así que fuera él quien la comandara, sino, en su caso, alguien de su confianza, aunque fuera de menor rango. Esto le suponía perder aquellos días de viaje, seguramente deliciosos, junto a Doña Margarita, pero en el fondo se deleitaba con la sola idea de encontrarse allá con ella. El reencuentro sería, igualmente, explosivo, como tantos otros que se sucedían a la vuelta de otros viajes y misiones. Esta vez no iba a ser menos. Se diría que vivían en un estado de gracia que nada ni nadie podía romper, ni rasgar ni con las más afilada de las dagas.

En cambio, aquel viaje fue en todo su trayecto el principio de esa inverosímil fisura, cortada casi sin querer por Doña Margarita y el lugarteniente del Capitán, Santiago Estevez, de forma tal que fue imposible evitar que por esa herida manaran, desbocados, amor y pasión de ambos. Tampoco retejer o remendar aquello era ya posible, cuando meses más tarde se sucedieron los encuentros, los viajes y las memorables noches de pasión, donde ambos perdían el sentido, enloquecidos en lo más álgido con el sólo contacto de sus cuerpos.

Santiago Estevez había sido el elegido por el Capitán para acompañar al grupo de apoyo que, además llevaría algunas pertenencias y documentos que aún faltaba por completar debidamente. Algunos de estos documentos, sin ser especialmente importantes podrían suponer a la primera expedición una ayuda decisiva en el objeto de la reunión de la realeza Española y Castellana con lo más granado y potente de la realeza y la nobleza Portuguesa. Se trataron entonces los modos de conducir algunos planes de España allende las fronteras de Europa y el cómo salir al encuentro de las contrapartidas de Portugal, y de las de sus gobiernos amigos, en esas pretensiones.

La reunión en Sintra, aun siendo importante para el Capitán fue el preludio de otras que siguieron la misma pauta de viaje, con dos destacamentos llegando al destino con una diferencia de unos dias. Así se sucedieron viajes a otros encuentros de la realeza y de la bella Margarita con su amante, el lugarteniente del Capitán y su mejor amigo, en Holanda, Roma, Flandes, ...

Margarita y Santiago Estevez habían trabado una relación en la que no faltaban trucos para comunicarse y establecer procedimientos para desembocar en secretos encuentros. Esos trucos y añagazas nacieron de aquellas reuniones en las que Margarita debía debatirse entre dos amores, el del amor al Capitán y los abscesos de deseo con el Lugarteniente, al que ella llamaba Mi Capitán en aquellas ocasiones en las que, a solas y al oido, le susurraba sus fantasías en tono de desmayo y le rozaba con la punta de los dedos y cierta falsa laxitud la empuñadura del sable que portaba en su cintura.

Si bien la relación entre ambos había alcanzado unas alturas insospechadas en su momento culminante, llegando a hacer flotar todo a su alrededor y pareciendo que sólo existieran ellos dos, en la ida del primer viaje no hubo más allá que buenas palabras y una corrección que rayaba en lo hosco. De hecho, la ruta entre Madrid y Sintra fue jalonada de paradas en edificios reales, eclesiásticos y castrenses en las que, para ambos, el cansancio vencía a la curiosidad. Sin embargo, en las noches de aquel viaje, en sus sueños se mezclaban lascivas escenas, que llenaban de premoniciones el destino.

Fue a la llegada a Portugal cuando se cruzaron sus miradas y descubrieron en ellas a los habitantes de aquellas escenas vividas en sus sueños. De noche, en una gran hoguera en el patio de armas de la fortaleza de Campo Maior, ella, intranquila por las noches insomnes del viaje, se acercó al calor de las llamas desde lo alto del corredor almenado. El lugarteniente la buscó con la mirada y la encontró iluminada por las lenguas de fuego que subían y chisporroteaban. Esa visión le capturó el corazón y le encendió el deseo, en una hoguera tan grande que le llegaba a la cabeza haciéndole imaginar que se acercaba a ella, sigilosamente, y ella, complaciente y abierta, le diera a beber de su boca. Cruzarían sus lenguas en un beso interminable como las lenguas de la hoguera que ambos miraban tan fijamente. El creía mirar sin ser visto pero, al cabo de un rato, cuando arreciaba el viento y éste se arremolinaba por el interior de la fortaleza, el fuego lo acompañaba lanzando sus penachos a diestro y siniestro. En esas batidas, ella interponía levemente su mano parapetando su cara y evitar la quemazón del calor que la perseguía allá arriba. En ese momento, al alivio momentáneo de la sombra sobre sus ojos, evitaba la visión del fuego y las sombras alrededor de la misma adquirían formas, caras y detalles que no le pasaban desapercibidos. En una de esas sombras avistó al lugarteniente, mirándola fijamente, humedeciéndose los labios como saboreándola y con los ojos brillantes como poseído por la fiebre. Era una provocación aquella mirada dándose un festín sin su permiso. A ella le atrajo la situación y provocar al lugarteniente, vestido con ceñidos pantalones, botas altas de cuero, guerrera corta abierta de la que asomaba un corpiño con cordeles casi abiertos del todo. A medida que ella se quitaba la mano de la cara e intercalaba posturas y miradas desafiantes hacia su posición a través del fuego, se percataba de que la fiebre del lugarteniente iba en aumento y provoca situaciones incluso jocosas, en las que ella misma expresaba su sonrisa cómplice y retadora. El sufría mirando hacia la ahora más que bella, provocadora y sensual Margarita, tratando de evitar el sudor que le ascendía a la frente y esconder de alguna manera la visión de otra parte de su cuerpo que había crecido en tamaño hasta hacerse necesario ocultarla para evitar las seguras risotadas de los compañeros de la tropilla que también merodeaban las cercanías de la acogedora hoguera.

El lance acabó, repentinamente, cuando Margarita abandonó la altura del corredor almenado y bajó las escaleras de piedra, con la sonrisa aún en su boca y sin quitar ojo a través del fuego al lugar donde se encontraba el lugarteniente. El la siguió con la mirada y trataba de zafarse de la sola idea de tenerla entre sus brazos y poseerla incluso bajo su falda, vestida con su corpiño desatado mostrándole sus pechos y devorándolos con su boca y su lengua. Margarita se le metió en sus pensamientos y no se le apartó aquella visión obsesiva hasta que una y otra vez se la confesaba al oído.

A la mañana siguiente, casi de madrugada, aun con los rescoldos humeando en la hoguera partieron a Sintra con la idea de resolver en una jornada la llegada al destino, al encuentro del Capitán. El lugarteniente viajó todo el trayecto con la mirada perdida, azuzando a caballos y carruajes. Sólo pararon en dos ocasiones y aunque llegaron bien entrada la noche a Lisboa, en sus cercanías, en Setúbal, a la atardecida se encontraron escoltados por el propio Capitán Diego Lopez. Margarita mostró una alegría inusitada en el encuentro y se mezclaban en ella sentimientos contradictorios, al igual que los que experimentó el lugarteniente Santiago Estevez, que trataba de esconder su mirada y el brillo de ésta con la sola presencia de Doña Margarita.

Millares de Evas (capítulo I)

Eva se paró un instante, miraba a través del cristal de la barcaza, que se movía lentamente, tirada por las maromas amarradas a los pilotes del embarcadero. La sombra de las torres y los edificios se proyectaba sobre el río, sobre las calles mojadas y la luna llena, entre nubes grises, bañaba todo de una tibia oscuridad otoñal. Un grupo de turistas se agolpaba frente a una caseta donde colgaban fotos de colores vivos. Eran retratos tomados tan cerca que las caras parecían alcoholizadas por el flash. Un negro larguirucho trataba de vender, sin mucho éxito, merodeando a espaldas del tumulto de los fotografiados, pulseras de verde fosforescente y pequeñas réplicas, también verdes, de la Torre Eiffel. La hermana mayor de éstas parecía vigilar todo el espectáculo, contagiando altura y vértigo de pies a cabeza a todo su alrededor.

Había pasado una noche más en blanco, y ahora trataba de buscar algo que atrajera la atención hasta que ese último viaje de turistas llegara a su fin. Para eso le ayudaba, esta vez, y mucho, haberse dejado las gafas en no sabía ni donde y, por eso, su mirada se sentía cómoda escurriéndose por el cristal acompañando las gotas de lluvia.

Podía, por un momento, ver reflejado en los caminos de las gotas de lluvia en el cristal, rutas de viajes nunca iniciados, que partían del barrio, desde la Rue des Plantes. Sería como soltar amarras y navegar por el asfalto, luego un tren, luego otro río, otro mar, entre nubes. Con el tiempo se había hecho consciente de que lo importante no era llegar sino el propio viaje y lo que sucedía en él. Incluso poco importaba el destino y, de hecho, convivía con tristeza las vanidades de quienes viajaban y apenas podían mostrar una colección de fotos sin más vida que la que guardan las postales. Era meritorio conseguir hacer copias tan fieles, eso es todo.

Por eso, para dar sentido a aquel sentimiento, se forzó a pensar en que alguno de esos caminos ahora lo estaban recorriendo Micaela, Berta y Alima. Le había llegado la saludable noticia de hacia unos días por Alima. Habían encontrado el momento para hacer un viaje al delta del Danubio y hacia allá seguramente llegarían en un plazo de un mes. Ella misma había planeado ese mismo viaje una y otra vez y casi se le saltaban las lágrimas mitad de risa contenida y llanto por no poder acompañarlas.

- ¡Perdone! – le susurraron por la espalda. Ella se volvió y se encontró con la cara redonda y enrojecida de un grueso alemán, al que los resoplidos delataban una cena copiosa en el barco, regada con abundante vino de Burdeos. Con la mejor de sus sonrisas, aunque con desgana apenas disimulada, repuso maquinalmente.

- ¡Si, dígame, qué desea! – Sonó falso, pero suficiente. Seguro que estaba tan borracho que no habría notado esa descarada falta de interés, ni otras que le hubieran propinado esa noche.

- ¡Mire, señorita, llevo un rato dando vueltas por el barco y no encuentro ni la salida ni los lavabos …! -. Los resoplidos fueron atenuándose, pareciera que realmente estuviera buscando ambas cosas o ninguna al mismo tiempo. ¡Qué más da!, pensó para sus adentros, si llegara el caso, ójala la despidieran por una pijada como esa, cliente que se queja de lo que sea, que su lamento incomprensible llega a oidos del encargado y éste, con la ojeriza que le tiene por no doblegarse a otros favores más personales e íntimos, le envía el recado a Martha, la jefa de la flota de barcazas turísticas por el Senna y ¡vualá¡, el despido que siempre esta ahí como el empujón que forzaría al cambio, al inicio de una huida hacia no se sabe donde. Bueno, si, en principio, es seguro que iría a casa, haría la mochila a toda prisa, metería un libro, cualquiera de esos que no da nunca tiempo a leer, una libreta, un boli, … y algún paquete de analgésicos.

Bueno, el caso es que el señor necesitaba ayuda y se le ocurrió que lo mejor era casi pensar por el.

- Entiendo, Ud desea ir a los lavabos antes de salir del barco. Como se habrá dado cuenta estamos atracando y esto llevará tan solo unos minutos. Si lo desea, mientras terminamos de atracar, le puedo indicar el lugar donde se encuentran los lavabos. ¿De acuerdo? – La retahíla había sido convincente, y el simple razonamiento algo abrumador. No se puede hablar así a la gente, debo calmarme. Pensó.

El caso es que el hombretón se puso casi a sus espaldas, con un gesto de sumisión que querría significar algo como estar preparado para seguirla de inmediato. Eva comenzó a caminar por el enmoquetado suelo del amplio salón comedor que se extendía por toda la barcaza. Estaban casi en la otra punta de donde se encontraba el acceso a los lavabos, que se encontraban en el piso bajo, junto a las cocinas, entre el acceso a la sala de vestuarios del personal de servicio y la minúscula cabina del encargado.

Se empezaban a percatar los comensales del fin de la ruta y algunos apuraban las botellas de vino escanciando los restos con avidez y, en algunas mesas, sin demasiada puntería. Si el inicio de la ruta era silencioso, a pesar de tantas personas juntas en un espacio tan reducido, ahora, al final de todo, el bullicio lo cubría todo y se convertía en una mezcla de risotadas y palabras en voz alta sólo apagadas por el sonoro murmullo. Giraron desde el centro esquivando un par de jóvenes camareros que casi corrían desesperados hacia la puerta de embarque y al propio encargado, que pasó a su lado, con cara de extrema preocupación, sin siquiera mirarla. A ella le pareció que le indicaba, a su paso, alguna cosa sobre los lavabos y una especie de espérame allí. Se figuraba que era que otra vez andaba tirándole los tejos. No iba a entrar siquiera en su cabina. Nunca lo había hecho. Ni siquiera quería acercarse a un lugar donde no le correspondía estar. Además el aroma a tabaco salía por debajo de la puerta delataba el uso que le daba el encargado a la cabina. Y Marta había sido realmente amenazante al respecto. Desde luego que era peligroso fumar en el barco, y mucho más en aquella zona, tan cerca de las cocinas y casi pared con pared con la sala de máquinas.

Subieron la pequeña rampa de madera hacia la popa y Eva, sin mirar atrás, supo que le seguía de cerca su agobiado turista, por los resoplidos y el crujir del suelo.

Continuaron andando entre las mesas y avanzaron hasta un lateral, donde se encontraba el acceso a los lavabos. Escaleras abajo se sentía un raro silencio y parecía extraño que nadie estuviera subiendo o bajando con alguna bandeja aun con pedidos de última hora. Eva se apostó junto a la entrada a las escaleras e indicó con extrema suavidad a su acompañante el lugar exacto de los lavabos.

- ¡Hemos llegado!, tiene Ud los lavabos bajando a la derecha, la segunda puerta empezando por su derecha nada más bajar, Gracias por acompañarme, si quiere le esperaré aquí para guiarle de nuevo hasta la puerta de salida -

El hombre se tambaleaba al bajar las escaleras y no reparó en el espectáculo que se abría ante sus narices hasta que lo tuvo justo bajo sus pies.

Campanas

Entro con el tumulto, empujado, arrastrado, me quedo medio aplastado frente a frente con el cristal de la puerta.

Es igual, iba en realidad divertido, pero temblando, recorriendo mentalmente, con suavidad, la nave central de la iglesia del pueblo, atado, casi abrazado a su mano, con una tenue luz de la luna de Agosto asomada a los alargados ventanales. Recordaba aquellos pasos ahora, pasado el verano, dejando caer ahora la espalda contra la pared del vagón del metro, camino de otra entrevista de trabajo.

Aquel verano, como todos, el calor se pegaba a los huesos, y en el pueblo se respiraba ya la víspera de la fiesta grande con romería incluida. El santo patrón saldría a hombros de los cofrades bamboleándose, casi a punto de perder el equilibrio ....

Casi perdí el equilibrio, el tren había arribado con fuerza a la estación de El Carmen, con agudos chirridos metálicos. Hasta llegar a Diego de León, con el vagón más desahogado, volví a pensar en el contradictorio placer de aquella aventura con ella, en el silencio y la soledad de la iglesia.

Salí al largo pasillo del trasbordo con la línea seis. Estaba llegando al último tramo de escaleras, y otra vez me asaltó la visión de la iglesia, esta vez escaleras también, en zigzag, subiendo juntos hasta el campanario.

Casi jadeando, llegamos a lo más alto. El viento se colaba en los huecos de las campanas y las hacia silbar, como si hablaran entre ellas. Las dejamos con su conversación y caímos casi como marionetas sin cuerdas en el piso de madera. Allí fueron caricias de deseo, besos, promesas infinitas y abrazos enamorados. La noche se evaporaba y se colaba la luz del día, aleteando en las ventanas, hasta que llegaron sin previo aviso las campanas, ensordeciendo el aire.

El tren, además llegaba a Conde de Casal. Entrevista de trabajo. Casi sin mucho esfuerzo conseguí el puesto: un escuálido contrato para el buzoneo de publicidad que rezaba así: ¡¡De Usted el campanazo!! ¡¡Matricúlese en Academias San Benito y entre en nuestra bolsa de trabajo!! ¡¡100 % de éxito garantizado!!.

Ártica evocación entre las piernas ...

Me gusta ese sitio, casi vacío, de camino al trabajo. Es un lugar de esos de bandejas y comidas a elegir. A esas horas tan tempranas de la mañana, hay bandejas, pero nada de comida consistente, sólo una máquina de café que, con sólo pulsar un botón, ¡vuala! ... te suelta un capuchino en medio de la taza: hasta aquí todo muy funcional y previsible.

En realidad me afilié a este sitio cuando, la primera vez, fui al lavabo. Allí estaba esa especie de taza elevada a la altura de la entre pierna, adosada a la pared, al uso del moderno modo de hacer pis en versión masculina. Estaba llena a rebosar de hielos y rodajas de limón. Así que, cuando con cierto reparo empecé a mear, me sentí atraido, poco a poco, al ver cómo el chorro chocaba con los hielos y surcaba ese continente helado buscando llegar hasta el fondo glaciar. Por efecto del acusado contraste de temperatura, los hielos cambiaban de posición, desventrados algunos, erosionados otros, escurridos los más y acomodados todos en un nuevo y frágil equilibrio.

No hace falta mucho para conseguir embobar a un cerebro humano desgastado por el tiempo y la nausea. Cualquier cosa vale, desde el goteo incesante de un grifo mal cerrado, el siempre innovador vuelo de las moscas, el inaudito atractivo de las pelis de mutantes, ... hasta esos anuncios interminables made in usa en madrugadas insomnes frente a la tele. Es decir, todo aquello que evoca a la parte reptiliana del cerebro y que parece masajear, con manos expertas, la piel de las neuronas hasta dejarlas en un éxtasis que ralla con la estupidez.

Unos días después, reclamado por lo más recóndito del subsconsciente, volví a entrar, sin oponer resistencia alguna, en el local de la máquina de café y los cubitos en el WC. Y esta vez, durante el acto, con sólo entrecerrar los ojos un poco y una vez asegurado que el secador eléctrico tras mi cabeza aullaba convenientemente en el estrecho habitáculo, pude imaginarme frente a aquel orinal de loza nívea, cual explorador del siglo pasado, haciendo esfuerzos por miccionar en plena estepa helada, en lo alto de una gélida duna ártica o sin saberlo, justo haciendo pis en el mismísimo centro del Polo Sur, como otrora hiciera Admunsen con sus cuatro colegas noruegos en aquella fría noche de invierno de 1911. Lógico, por otra parte, en una reunión de machitos de los de antes y en un lugar donde presumiblemente no habría aún medios de comunicación metiendo sus narices y sus cámaras de fotos.

En esa tesitura, para extender el placer del momento, debía girarme de vez en cuando un poco para renovar el bramido de fondo del aire del secador. Miraba aun con los ojos entrecerrados, como si llevara una de esas gafas de hueso de ballena, con una fina ranura horizontal. Conseguía, al fin, una vista casi fantasmal de aquella taza blanca, vislumbrada sólo, como si fuera una escena real en la nieve, en medio de la ventisca.

Sin embargo, el único aspecto disonante en aquella delirante escena que se producía a unos escasos metros de la calle, en un caluroso día de Julio en Madrid, eran aquellas rodajas de limón entreveradas con los hielos. Cierto es que esto le daba un olor y un sabor nuevo a la escena, diferente, como del tipo "noches de caipirinha", aumentada con el súbito apagón de la luz en el WC, que uno desdeña después de haber sido casi leyenda e historia viva de la humanidad. Agradezco, de todas formas este hecho, puesto que los limones tienen la ventaja de devolverle a uno a la realidad, como un balde de sueños vaciados de repente, sin más ni más, por el despertador. Un aviso de que, sin dilación, es ya hora de volver al camino del trabajo.

Aquellas Ferias Pop

Mis recuerdos de aquellos días de Feria me la dibujan como un gran animal que se asomaba a la playa del Zapillo, con una mezcla de bocinas insolentes, canciones de verano que trepaban al cielo agarradas al humo de los pinchos morunos e historias de gentes que andaban sin prisas de un lado a otro.

El lugar se convertía para un adolescente, como yo en esos días, en un inmenso Triángulo de las Bermudas donde todo parecía girar y acabar engullido por ella: los circuitos de coches de autoescuelas en La Rambla, la entrada y salida del puerto de cargueros y marineros, barcos grises, La Chanca, La Alcazaba, las noches de pipas con el Zorro en el cine Hesperia, el agua de Araoz junto a La Catedral, las largas tardes en casa de la Tia Piti, el sabor de la leche merengada con barquillo en el Paseo, el vapor interminable de la Térmica, ... hasta las manchas de alquitrán en los pies entre aguas oscuras de aquella playa.

En la Feria, cada año, unas cuantas atracciones competían por dar la campanada ...

Una de esas atracciones que se abría paso para hacer historia fue, ese año, la del Monstruo de Guatemala. Y es que, en un mundo tan poco globalizado como el de entonces, en Guatemala bien podría haber un monstruo y lo que le diera la gana imaginar a los adolescentes que bailábamos al borde de los coches de choque, al ritmo del “... anda chava chuve chive otro bacho de chevecha que che chuve a la cabecha ...”.

El recinto que ocupaba este extraño invento de algún imaginativo feriante, estaba ubicado casi en la mitad de la ruta donde se concentraban casi todos los cachivaches. Por un precio de entrada a esta atracción, que se antojaba casi como una valiosa apuesta, uno se adentraba a solas por un estrechísimo y sombreado pasillo, flanqueado por mamparas de cartoné cubiertas con algunas telas ruinosas y embadurnadas de colores indeterminados. El corredor era culminado en una rampa que, al subirla, permitía ir percibiendo los sonidos de un lejano radiocasete emitiendo aullidos de lobos y hasta de monos gritando como si estuvieran enloquecidos.

A esas alturas, las del piso elevado de esta atracción, el espectáculo sobrevenía sin rodeos: allá abajo, en el centro del piso, en una especie de foso cubierto por una red, se dejaba entrever al fondo la cabeza de un chaval de tez aceitunada, cubierta con una caperuza de raído fieltro marrón y a la que se habían cosido una especie de largas trenzas verdes que se extendían por todo el habitáculo. La cabeza del “monstruo” parecía estar suspendida en el aire, en un frágil equilibrio sólo soportado por esas largas trenzas, que pretendían entenderse como brazos o tentáculos. En realidad, quedaba claro que el pobre chaval estaba embutido en algún tipo de estructura, disimulada por un decorado con motivos selváticos y que arrancaba justo desde el gorro a la altura de su barbilla.

Al chico le costaba mirar para arriba y, cuando lo hacía, sus largas trenzas vibraban amenazando la estabilidad de todo el tinglado. Estaba claro que el espectáculo era pura superchería pero, sin embargo, por encima de la posible sensación de engaño, le sobrevenía a uno el sentimiento de bajar a ayudar al colega a zafarse de tamaña tortura. Pero el plan resultaba imposible, la red impedía entrar desde arriba y el decorado de lianas no permitía ver puerta o agujero alguno por el que entrar. Y peor aun, podría ser que fuera cierto que fuera un monstruo de verdad lo que allá abajo resoplaba bajo el griterío de monos.

Ese mismo zagal apareció el año siguiente bajo el sobrenombre del increíble hombre araña, en un escenario de guisa similar, pero esta vez las trenzas querían semejar patas y a su gorro, ahora teñido de negro, se le habían adosado un par de insultantes antenas. Le seguí la pista años siguientes hasta que no hubo recambio generacional que perpetuara el espectáculo. Quizás el chico fuera luego el joven de la moto que, en un recinto cilíndrico minúsculo, daba vueltas sin parar, petardeando el motor de su máquina, a modo de hámster en la noria de su celda. No lo pude comprobar porque esta vez su cara andaba cubierta con unas enormes gafas de motorista.

Pero, ante todo, por encima de todas las atracciones, la Feria fue la cuna de mi primer amor y mi primer beso, tembloroso y asustado, enamorado y caliente como una galleta mojada. Fue al pie de ese animal gigantesco y curioso, que guardó por un instante un silencio fugaz, en la misma orilla de esa playa, al vaivén de las olas ...

Era el cumple de Alejandro ...

Carlos miraba el agua difuminada en el aire que, saliendo de la boca de la manguera y flotando como una densa nube contra el sol de Mayo, dibujaba un incipiente arco iris. Madre estiraba la manguera para evitar que se doblara, dirigía su mirada a lo largo del tubo y perdía por un momento el control de donde apuntaba con el chorro de agua. Las nubes, entonces, se movían nerviosamente, viajando del cielo al suelo, con los ojos cerrados, como si hubieran chupado un limón.

Carlos anda en este día pensando en qué regalarle a su mejor amigo del cole. Al ver el arco iris ya había corrido tras el y preguntó ávidamente:

- Mamá, ¿...y si le regalamos a Alejandro un arco iris?–

La respuesta tardó en llegar, tratando de condensar el reto en algo trivial. Ante un tesoro, cualquier cosa se convierte en trivial, maquillaje para ganar tiempo y saborear el momento. Comoquiera que era ya tarde y se acercaba a la hora del baño, la respuesta era esperable ....

- Bueno, ya veremos, lo hablamos mientras te baño, ¿vale? –

Luego, hablando de ello, imaginó Carlos cómo atrapar el arco iris, cómo guardarlo en una cajita y envolverlo para regalarlo.


Carlos le dió una puntada a un remiendo del mapa de utopía, un lugar común donde las personas que se quieren gustan de regalarse los mejores regalos: esos que salen al paso, efímeros y grandes.

Las chicas de la fábrica de salchichas

Esas chicas estaban en el mismo hotel, justo en el piso de arriba al nuestro. Las habíamos saludado desde la ventana y les preguntamos si podíamos hacerlas una visita a su apartamento. Nos pareció escuchar algo afirmativo en inglés.

Decididamente, íbamos a subir a visitarlas. Esta situación suponía una tremenda y fascinante aventura ...

Y es que encaramarse desde nuestro apartamento, desde la planta inferior a la de ellas, subiendo las escaleras de ese hotel de tercera, era como hacerse llegar en un prostíbulo desde una habitación a otra contigua. A esa sensación ayudaba, y mucho, el mapa de desconchones del techo, el olor a humedad y acaso hasta los lamparones de la mitad arpillera - mitad moqueta que forraba las paredes hasta la altura del bajo vientre. Imaginaba, por un instante, señores gruesos, con bigotillo, culminando intercambios de fluidos, resoplidos y babas por las esquinas, con las vecinas de arriba. Un asco y un misterio a partes iguales para cualquier adolescente.

Al fin llegamos, mi hermano y yo nos encontrábamos ya en la misma puerta del apartamento. Absolutamente mareado por el oleaje de sangre corriendo entre mis sienes, tuve que apoyarme con la mano en el quicio de la puerta. Dentro, mientras mi hermano hacía sonar el timbre como si apretara la nacarada espalda de una negra chicharra, se oían las risas de ellas, se diría que corrían, que abrían y cerraban puertas, haciendo la espera helada, tensa y espesamente vacía.

Al fin, se abrió la puerta, y apareció una chica: adolescente, delgada, casi de nuestra edad, no muy alta, con pantalones cortos blancos y una camiseta verde de tirantes. Su pelo era corto, brillante y cortado a tazón y su piel era un poco como nieve dorada. Su cara, una luna redondísima y las gafas a juego. Daba la impresión de enfado por la intromisión, aunque al segundo esto cambió ante la llegada a la puerta del resto de compañeras de habitación. Supongo que mi hermano diría algo educado, tranquilizador y a la vez suficientemente insinuante. En su estilo.

En un momento de la conversación, aun en la puerta, sucedió lo peor, lo que era difícil que sucediera. Es decir, surgió la pregunta:

-Y, ¿qué os ha traído por aquí? – preguntó mi hermano –

- De vacaciones - dijeron casi a la vez, en un inglés tan rápido como una ráfaga de viento haciendo batir las cortinas de tablas del hotel. La suma de todos los sonidos construía una sola voz femenina, salida como de un cuento de hadas. Al silencio siguiente, siguió un nuevo torrente de voces, que encadenaban, más que una frase, un mensaje:

-¡Trabajamos todas en la misma fábrica! –

Mi hermano entonces siguió tirando del hilo que se había posado, latente, en el aire:

-Y, ¿en dónde trabajáis todas juntas? – insinuando él mayor interés del supuesto en el lugar del mundo, más que en el tipo de fábrica.

La respuesta se hizo esperar, pero llegó. Además, fue otra vez a coro, con un inicio casi alegre, ma non troppo, seguido casi de una corchea de silencio sostenido (muy poco sostenido, ciertamente) y un final casi de oboe. Esto último enarbolado por la que, enfadada, había abierto antes la puerta:

- ¡En una fábrica cerca de Glasgow ¡– corchea de silencio. Luego, el oboe: - ¡Sí, en una fábrica de salchichas ...!-

Al instante, en mi mente de adolescente hervida de hormonas excitadas, emergió la imagen de estas mujeres como operarias de la fábrica de salchichas, una junto a otra, con la mirada perdida y trajinando con las manos, de forma inconsciente e incesante, una salchicha tras otra. Imaginaba qué pensamientos podrían albergar al pasar por sus manos esos millones de kilómetros de salchichas redondas, calientes, carnosas, enhiestas y a la vez flexibles. Todo ello llamaba a fantasías de la que brotaban imágenes mas que turbadoras.

Con la esperanza de gobernar esta tropa insolente de imágenes y evitar que desbocasen en pensamientos más lacerantes y lascivos, pregunté sin atisbo de sorna ninguno:

- ¡Ajá! – estúpido inicio de intervención que no hacía sino hacer más difícil la cosa - ¿Y qué tipo de salchichas son las que fabricais?-.

Ya estaba hecha la pregunta. El desastre se mascaba en el ambiente. Silencio de nuevo. Se miraban ahora, entre ellas, pensando algo así como, este tipo es un marciano, qué pretende saber éste ... Todo eso se leía sin mucho esfuerzo. Mi hermano lo estaba viendo y su cara era de esas suyas de poker pero que venia a decir: muy bien, con esto ya nos podemos ir despidiendo de ir más lejos, tampoco sé qué demonios buscas con esa pregunta ...

El final del encuentro estaba llegando, pues la misma chica de siempre, la del enfado continuo, con pantalón corto blanco, rompió el silencio corriendo hacia el interior del apartamento. No tardó en volver, esta vez con una gran rueda de salchichas sonrosadas. Agitada, mostrándolas con cierta vehemencia, dijo contundentemente:

-¡Éstas! ¿vale? -

Habría casi un centenar de salchichas desaparramadas, tantas que no dejaban distinguir sus manos. Sus dedos se confudían con ellas. Parecía que tuvieran vida propia.


Seguramente se las habrían traído de la propia fábrica, quizás para ahorrar o para no olvidarse de las horas perdidas en la fábrica, quién sabe ... En cualquier caso, estaba claro que su vocación salchichera estaba bajo sospecha. Sus caras, mirando al unísono a ese manojo de carnes colgando, eran prueba de ello y mezclaban pánico, tristeza, terror y hasta asco.

Una vez de nuevo en la piscina del hotel, tumbado junto a mi hermano, bajo el mismo sol y mirando a la terraza de las chicas de la fábrica de salchichas, mi imaginación volaba de nuevo rumbo donde dejé mis fantasías ...

Tierras de Baza (2): la Fuente de los Huevos Podridos

A la vuelta a Baza, en casa de Manuel y Kika, las calurosas tardes de verano transcurrían como un reloj daliniano, derretido por el calor y escurriéndose por las paredes de la casa.

Manolito, estoico y cerebral, nos enseñaba su espléndida colección de postales de lugares del mundo, ciudades que estaban ahí fuera. Cientos de postales, recogidas en una gran caja de cartón, en varios paquetes atados con gomas.

Las aferraba con sus manos regordetas y, como un mantra, categóricamente, como ese inexorable reloj, Manuel separaba una a una las postales y las ponía sobre el tapete de la mesa camilla como si jugara contra algo o alguien. Cada postal tenía un número, al principio todo empezaba con un uno, dos, tres, pero al rato ya los números bailaban y se repetía el doce, el dos, el diez, incluso el sesenta y ocho y, tras el, volvía inexplicablemente el tres.

Ante esa suerte de números asignados aleatoriamente a cada postal, la curiosidad nos llevaba a mirar con detalle alguna de las postales que reposaban en la mesa. Aguantando la respiración acercábamos la mano a alguna de ellas y antes de llegar a tocarla, Manolito ya nos había asestado un guantazo o nos había zarandeado como muñecos, agarrándonos la cabeza por los pelos.

Así las cosas lo mejor era explorar nuevos territorios en casa de la Tía Kika. En un trastero, en un montón de juguetes llamaba la atención una pistola de plástico que disparaba bolas con una extraña lentitud: todo un reto para alcanzar a las moscas que pululaban por las habitaciones. La razia fue marcada por numerosos puntos rojos sobre las encaladas paredes y el traslado inmediato de juegos a la calle.

Una vez allí, bajando por entre las huertas, junto al regato, aparecía un lugar con cierto halo de intriga, por su soledad, y el permanente olor a huevos podridos. Este era un gran cuadrilátero, de unos diez metros de lado, delimitado por una valla de piedra y haciendo escalón hacia el interior del cubículo. El suelo de tierra se tornaba de un gris pálido a un marrón oscuro, junto al surtidor de agua, donde el barro impedía acercarse a beber. Escoltaban la fuente un revoloteo constante de avispas y golondrinas que atiborraban el buche y a duras penas podían levantar el vuelo.

Al poco tiempo, apareció en una vespa una pareja. Cruce de miradas. Estaba claro que era el momento de volver a casa de la Tía Kika. Ya lejos de la fuente, en un ángulo protegido de miradas, a la umbría, bajo un enorme sauce, atisbamos a la pareja besándose ...

Las Edades del Hombre

Se da el caso particular de que los hombres pasan por una particular travesía por una serie de Edades. Algo que se podría denominar como las Edades del Hombre.

Y no son edades precisamente de fervor religioso. Nada más lejos. Son etapas que responden única y exclusivamente a mundanas y casi instintivas adaptaciones al medio. En términos zoológicos y del comportamiento de animales salvajes sería como hablar de la transición de la ágil carrera de predador (joven) tras presa (joven) de igual soltura en la carrera a una pasiva, lánguida y despreocupada atención por el paso de los días.

Pasamos, los hombres, por edades bien conocidas y que no merecen mayor atención: la edad del pavo, del león, del águila, del mono, todas ellas documentadas hasta la saciedad y nunca bien ponderadas.

Sin embargo, junto a estas conviven otras edades, menos estudiadas y ciertamente intrigantes por su alto grado de adherencia. Todas ellas nacen de una visión avanzada de la herencia de padres a hijos, se diría que más que un gen tenemos un “super-gen” y quizás por ello resultan estos comportamientos tan pegajosos.

En un lugar destacado figura en estas edades aquella que nos afianza en el uso de herramientas. Desde la más tierna infancia usamos cosas para el juego, cosas que adquieren una fragilidad pasmosa cuando son golpeadas reiteradamente contra el suelo y si es de terrazo, más frágil resulta el juguete al que parece que queremos devolverle la vida o la energía consumida de las pilas.

En esa línea de progreso de esa edad del hombre figuran las fases conocidas como “vale para todo: cristal, espejo, loza o baldosa” o el de “¡pero si esto está hueco!”.

Las dos se relacionan con la edad adulta, y es fácil de reconocer en los corrillos que rodean a esos hombres – orquesta, que vocean y describen con todo tipo de demostraciones las maravillosas prestaciones de unos utensilios con una apariencia de lo menos vistosa y que ciertamente no parece fácil usar, por más que se empeñe su cansado apóstol.

Igualmente, en el summum de la edad del hombre, esta vez, si cabe, más avanzada, está esa que nos hace tender a tocar todo tipo de aristas y superficies de muebles, puertas, barandillas, fundas de equipos electrónicos y todos los de gama blanca. Los de gama blanca son ideales para hacer esto ... Arrastramos la mano, con suavidad, tratando de adaptarla al material y se diría que esperando que a la tercera pasada una bocanada de humo salga de algun lado y se nos presente un genio.

Tierras de Baza (3): el caso del anillo y los bomberos

Unos días después nos trasladamos a vivir en la casa de la abuela, en plena ciudad de Baza. Esta era una casa añeja, oscura y fría. En verano, con el Agosto golpeando las ventanas esto era una pura delicia. Los dormitorios estaban en la parte de arriba y las camas tenían un aspecto de grandes cilindros. Sus colchones eran de lana y al dormir sobre ellos se debía uno situar en medio para no caer rodando por los extremos. Al día siguiente, si la postura era la correcta, el colchón había tomado la huella perfecta del huésped, en la que podían adivinarse manos, codos, cabeza, nariz, ... Era una lástima que cada mañana hubiera de rehacerse la forma cilíndrica de la cama, y enfrentarse esa noche al reto de hacer huella.

Sin embargo, lo que dejó huella en mi y creo que, por un tiempo, en toda Baza, fue lo del suceso del anillo:

Al cerrarse la temporada estival, la costumbre del paseo por el Paseo, arriba y abajo, abajo y arriba, por el puro placer de andar, saludar a los vecinos, conversar y mirar escaparates convertía el camino a ojos de cualquier niño en una ruta a la desesperación. Al aburrimiento más desesperado e inimaginable. Las pocas alternativas eran las de buscar juegos donde aparentemente no los había. Uno de esos juegos era, en un escaparate, una pequeña argolla, con un agujero poco más pequeño que un dedo, que serviría realmente para enganchar la cancela del comercio, una pesada persiana metálica que durante el día quedaba recogida en lo alto, oculta tras el letrero Joyería Hnos. Ramos. Este comercio era todo un clásico en el Paseo.

El juego con la argolla consistía en meter una canica de goma y hacerla pasar, aunque fuera forzándola con el dedo. Apretándola por un lado, adquiría una fuerza inusitada y salía disparada por el otro, contra la exigua pared entre el cristal y la calle, cual si de un frontón se tratara. En uno de los intentos la bola pareció atascarse un poco más, requiriendo mayor esfuerzo con el dedo. Era necesario probar con otro dedo, y otro, y luego otro hasta que, por fin, la bola salió vertiginosa y casi exhausta de tanto roce. Cayó pesadamente a la calle y una vez allí intenté cogerla, pero no pude, no me alcanzaba la mano, algo tiraba de mi. Era la otra mano, un dedo había quedado metido, con el último intento, en el agujero de la argolla. Intenté tirar, mover el dedo como un tornillo, sacarlo como fuera. Mientras, mis padres, la Tía Kika y el Tío Manolo, me llamaban desde un poco más lejos para que fuera con ellos. Y no podía, la argolla me aferraba entre sus dientes. La única solución era llorar, llorar desconsoladamente. Ahí empezó la alteración del orden público, mi madre rápidamente se agachó sobre el dedo, con actitud de cirujano tratando de ver dónde cortar, mi Tía con el abanico tocando rítmicamente en la cabeza a mi madre al intentar darme aire, mi tío Manolo avisando a alguno de los Hermanos Ramos en el interior de la tienda para que no se alteraran y para ver si había alguna solución.

Entre tanto, la gente se paraba y todos opinaban, que si eso sale con un poco de agua, que si con aceite, que eso no tenía arreglo, que eso tenia que pasar tarde o temprano, que si lo chiquillos son como fieras, que dónde estaban los padres, que si este niño se ha perdido, que si había que llamar a la policía, la ambulancia o ... los bomberos. Sí, alguien dijo, como un eco desde un piso más arriba de la Joyería:

- ¡¡Los bomberos ya están de camino!! –

A Kika ya le estaba entrando el calor en el cuerpo y abanicaba con más fuerza, y el rítmico toque con el abanico era ahora un golpeteo incesante a mi madre y a quien se acercara. Se sumaba más y más gente a la puerta de la Joyería. Uno de los hermanos Ramos, con un fino bigote negro decía, mirándome de soslayo y con cierta falsa fatalidad:

- ¡Los bomberos! ... ¡Estos seguramente terminarán cortando la argolla y quién sabe si hasta el dedo! ¡No son finos estos ni ná!–

En esas, ya todo el mundo opinaba, y el murmullo era una marea de voces que hablaban como una sola voz y atraían a más gente. Algunos que llegaban al tumulto preguntaban incluso que cómo habían podido robar la joyería a plena luz del día y sin esperar la respuesta aducían que, claro, que eso estaba cantado.

Alguien llegó con un extraño librito lleno de hojas verdes que olían a jabón. Mi madre empezó a sacarlas una tras otra y a embadurnar el dedo y la argolla. Estaba desesperada. Echaba agua con un vaso y trataba de sacar el dedo tirando tan fuerte como podía.

Ya habría pasado cerca de la media hora y aquello no cambiaba, tan sólo se renovaban los vecinos allí congregados. Alguno, al marcharse, decía a mi Tío: - Bueno, Manolo, yo me voy, que tengo que cenar pronto, ya me cuentas mañana como acaba esto - A lo que Manolo decía : - ¡Bah!. ¡No te preocupes!, ya sabes ... , en cuanto vengan estos seguro que lo arreglan en dos patadas – “Estos” eran, inequívocamente, los bomberos.

Y ahí estaban ellos. Al fondo del Paseo se vieron las luces del camión cisterna, rojo brillante, con la enorme escalera a la grupa y las luces de la sirena parpadeando y guiñando con su luz anaranjada a toda la calle. Trataban de abrirse paso por el Paseo. Como no podían acercarse no tardaron en hacer sonar la sirena y hasta la campana. Si, además llevaban campana, y su agudo e incesante tintineo añadía más histeria al escenario.


Mi corazón, todo mi cuerpo, pareció reaccionar ante tanta alarma, se me encogió en ese instante el alma. Probablemente, esto se transmitió de inmediato al dedo que, misteriosamente, salió entonces de su prisión, suavemente, como si el muy infame hubiera estado fingiendo todo su cautiverio y se mostrara ahora como un fugitivo satisfecho, que ha burlado a sus guardianes.


El gentío, al ver el desenlace sin intervención de los bomberos se mostró en parte contento y en parte engañado, desilusionado al no poder ver en acción al cuerpo de bomberos que, con hacha en ristre, se acercaba ya a pocos metros de las puertas de la Joyería

ANDOMO recoge pelotas, gran futuro para este chico ...

Todo a una carta (o la Carta a los Reyes Magos)

Andaba en cavilaciones con mi buen amigo Dimas, paseando por una rambla aun semidesierta a esas horas del final del día, en una extraña y fría tarde de invierno. Las luces de la navidad se habían adelantado y los brillos de las bombillas le daban un aspecto de feria a toda la calle abajo.

Me recordaba Dimas las veces que había topado, en sus correrías desde la infancia hasta estos paseos otoñales, con esas pequeñas piezas de metal que, tras un cierto tiempo dedicado a buscar explicaciones inquietantes propias de adolescente, había decidido abandonar finalmente a una rara fortuna. Dimas corroboraba su despecho por la casualidad tan repetida purgándose el bolsillo de su gabán con su gran mano derecha y sacando, sin pasión alguna, un par de ejemplares cobrados la pasada semana en la esquina de General Tamayo con el Paseo: un par de cobrizas pinzas del pelo, en buen estado de salud.

- ¡ Lo mejor de tus casualidades es, querido colega, que esas pinzas parecen inocuas, vamos, que nunca te traerán ni buenas ni malas noticias! – me apresté a indicarle –

- No te entiendo ... , ¿dónde quieres ir a parar? – espetó Dimas buscando alguna pista reveladora.

- Bueno, quizás lo veas más claro cuando te cuente mis encuentros con esto ... – en ese punto, ya había desenfundado mi cartera y de entre los escasos papeles de identificación, había entresacado un breve manojo de naipes manoseados y con claros signos de haber sido recogidos del mismo origen que las bronceadas pincitas de mi amigo.

Dimas las cogió al punto y las miró como si las estuviera revisando para jugar al mus o a las “siete y media”. Noté que su mirada se paraba y le asaltaban tantas dudas ... como a mi mismo.

- Al principio, le di poca importancia, de hecho, pobre de mi, tiré algunas cartas que encontré. Sólo guardaba las que me parecían en mejor estado, con la extraña idea de contar con alguna jugada maestra algun día: un poker, 31 puntos, el velo, hasta incluso todas los naipes del mismo palo ... En cualquier caso, no parecía nunca haber relación alguna entre estos pedazos de cartón y las cosas de la vida. Cuando tuve algunas se las mostré a la que ahora hoy es mi compañera y madre de mis hijos, que anotó un inocente comentario sobre alguna caprichosa relación de estos descubrimientos con el pasado jugador de algún antepasado mío, que perdió algunas de sus posesiones más preciadas, incluida parte de la hacienda familiar en repetidas jugadas en el Casino de la ciudad, muy cerca de donde encontraste esas bruñidas pinzas que antes me enseñaste.

Amigo Dimas, llegué a pensar en la posibilidad de que este antepasado me fuera dando consejos en forma de cartas, pero ignoro su juego, las reglas del mismo que me dieran idea de cómo leer este siete de copas, este dos de espadas y este as de oros.

- Y esta, Dimas, es de las últimas que encontré... ¡Mira, te juro que no sé en que juego se usa una baraja tan rara! ¡Ves!, parece que sea la suma de un montón de cartas, una encima de otra, ves, sólo se ve el número de cada una y parece que hay hasta siete – continué - Dimas, tengo la impresión de que si mi vida es una baraja, me deben faltar pocas para completarla. Bueno, ¡es broma!, tampoco debemos jugarnos la vida a una sola carta, ¿no? – le sonreí y empujé levemente con el hombro al tiempo de decirle esto último.

Guardé las cartas y cambiamos de temas varias veces, continuamos el paseo. Miré la hora y constaté que ya llegaba tarde a la puerta del Casino, donde había quedado con un familiar que tenía unos papeles que había encontrado en el desván de la casa de los abuelos. Curiosamente, había una carta dedicada “a mi nieto”, escrito por detrás con letra muy redonda pero temblorosa ...

Me despedí de Dimas y quedamos en vernos otro día para repensar sobre estos encuentros con pinzas y restos de barajas. La hora se me echaba encima y el ambiente navideño había empezado a tomar las calles y se respiraba bullicio, tráfico enloquecido y hasta parecía empezar a llover.

Ya casi había llegado, apresurado, llamé a mi prima desde la otra parte del Paseo, y me dispuse a cruzar la calle casi sin mirar y con la vista puesta en esa carta que me mostraba desde la otra acera ... Un alivio, era la que me faltaba ( por estas fechas ) ...

Tierras de Baza (1) La Dama de Baza

Manuel ya no merodearía por allí, ni él ni su padre. Sus primos de Madrid habían ido a Baza unos cuantos veranos y, cada uno de ellos, dejaba un rastro que podía seguirse en viejas diapositivas.
Una de esas imágenes está bañada por un sol imponente, de esos de medio día, en lo más alto. La tierra es rubia, tan clara que resulta casi un espejo.


Seguramente, esta imagen coincide con el descubrimiento de la Dama de Baza. El lugar donde la encontraron y que habían abandonado recientemente había quedado lleno de agujeros, oquedades donde uno era capaz de meterse y perder de vista el horizonte. Parecía que la excavación la habían dejado con cierta urgencia. En el fondo de esas trincheras aun quedaban cosas interesantes. Rafa, sin mucho buscar, encontró una cuenta de piedra de río, gris, veteada, pulimentada, de algún collar dificil de creer.

Manolo, con sus grandes botas caminando entre las oquedades, parecía casi un gigante y a la par un docto en las lides de la arqueología.
- ¡Mira!, en este agujero estaba la dama - decía casi como si la hubiera ayudado a sacar él mismo. A saltos entre los agujeros la vida se escapaba al trote, sin jinete, salvaje, infantil, feliz sin excusas.