Eva se paró un instante, miraba a través del cristal de la barcaza, que se movía lentamente, tirada por las maromas amarradas a los pilotes del embarcadero. La sombra de las torres y los edificios se proyectaba sobre el río, sobre las calles mojadas y la luna llena, entre nubes grises, bañaba todo de una tibia oscuridad otoñal. Un grupo de turistas se agolpaba frente a una caseta donde colgaban fotos de colores vivos. Eran retratos tomados tan cerca que las caras parecían alcoholizadas por el flash. Un negro larguirucho trataba de vender, sin mucho éxito, merodeando a espaldas del tumulto de los fotografiados, pulseras de verde fosforescente y pequeñas réplicas, también verdes, de la Torre Eiffel. La hermana mayor de éstas parecía vigilar todo el espectáculo, contagiando altura y vértigo de pies a cabeza a todo su alrededor.
Había pasado una noche más en blanco, y ahora trataba de buscar algo que atrajera la atención hasta que ese último viaje de turistas llegara a su fin. Para eso le ayudaba, esta vez, y mucho, haberse dejado las gafas en no sabía ni donde y, por eso, su mirada se sentía cómoda escurriéndose por el cristal acompañando las gotas de lluvia.
Podía, por un momento, ver reflejado en los caminos de las gotas de lluvia en el cristal, rutas de viajes nunca iniciados, que partían del barrio, desde la Rue des Plantes. Sería como soltar amarras y navegar por el asfalto, luego un tren, luego otro río, otro mar, entre nubes. Con el tiempo se había hecho consciente de que lo importante no era llegar sino el propio viaje y lo que sucedía en él. Incluso poco importaba el destino y, de hecho, convivía con tristeza las vanidades de quienes viajaban y apenas podían mostrar una colección de fotos sin más vida que la que guardan las postales. Era meritorio conseguir hacer copias tan fieles, eso es todo.
Por eso, para dar sentido a aquel sentimiento, se forzó a pensar en que alguno de esos caminos ahora lo estaban recorriendo Micaela, Berta y Alima. Le había llegado la saludable noticia de hacia unos días por Alima. Habían encontrado el momento para hacer un viaje al delta del Danubio y hacia allá seguramente llegarían en un plazo de un mes. Ella misma había planeado ese mismo viaje una y otra vez y casi se le saltaban las lágrimas mitad de risa contenida y llanto por no poder acompañarlas.
- ¡Perdone! – le susurraron por la espalda. Ella se volvió y se encontró con la cara redonda y enrojecida de un grueso alemán, al que los resoplidos delataban una cena copiosa en el barco, regada con abundante vino de Burdeos. Con la mejor de sus sonrisas, aunque con desgana apenas disimulada, repuso maquinalmente.
- ¡Si, dígame, qué desea! – Sonó falso, pero suficiente. Seguro que estaba tan borracho que no habría notado esa descarada falta de interés, ni otras que le hubieran propinado esa noche.
- ¡Mire, señorita, llevo un rato dando vueltas por el barco y no encuentro ni la salida ni los lavabos …! -. Los resoplidos fueron atenuándose, pareciera que realmente estuviera buscando ambas cosas o ninguna al mismo tiempo. ¡Qué más da!, pensó para sus adentros, si llegara el caso, ójala la despidieran por una pijada como esa, cliente que se queja de lo que sea, que su lamento incomprensible llega a oidos del encargado y éste, con la ojeriza que le tiene por no doblegarse a otros favores más personales e íntimos, le envía el recado a Martha, la jefa de la flota de barcazas turísticas por el Senna y ¡vualá¡, el despido que siempre esta ahí como el empujón que forzaría al cambio, al inicio de una huida hacia no se sabe donde. Bueno, si, en principio, es seguro que iría a casa, haría la mochila a toda prisa, metería un libro, cualquiera de esos que no da nunca tiempo a leer, una libreta, un boli, … y algún paquete de analgésicos.
Bueno, el caso es que el señor necesitaba ayuda y se le ocurrió que lo mejor era casi pensar por el.
- Entiendo, Ud desea ir a los lavabos antes de salir del barco. Como se habrá dado cuenta estamos atracando y esto llevará tan solo unos minutos. Si lo desea, mientras terminamos de atracar, le puedo indicar el lugar donde se encuentran los lavabos. ¿De acuerdo? – La retahíla había sido convincente, y el simple razonamiento algo abrumador. No se puede hablar así a la gente, debo calmarme. Pensó.
El caso es que el hombretón se puso casi a sus espaldas, con un gesto de sumisión que querría significar algo como estar preparado para seguirla de inmediato. Eva comenzó a caminar por el enmoquetado suelo del amplio salón comedor que se extendía por toda la barcaza. Estaban casi en la otra punta de donde se encontraba el acceso a los lavabos, que se encontraban en el piso bajo, junto a las cocinas, entre el acceso a la sala de vestuarios del personal de servicio y la minúscula cabina del encargado.
Se empezaban a percatar los comensales del fin de la ruta y algunos apuraban las botellas de vino escanciando los restos con avidez y, en algunas mesas, sin demasiada puntería. Si el inicio de la ruta era silencioso, a pesar de tantas personas juntas en un espacio tan reducido, ahora, al final de todo, el bullicio lo cubría todo y se convertía en una mezcla de risotadas y palabras en voz alta sólo apagadas por el sonoro murmullo. Giraron desde el centro esquivando un par de jóvenes camareros que casi corrían desesperados hacia la puerta de embarque y al propio encargado, que pasó a su lado, con cara de extrema preocupación, sin siquiera mirarla. A ella le pareció que le indicaba, a su paso, alguna cosa sobre los lavabos y una especie de espérame allí. Se figuraba que era que otra vez andaba tirándole los tejos. No iba a entrar siquiera en su cabina. Nunca lo había hecho. Ni siquiera quería acercarse a un lugar donde no le correspondía estar. Además el aroma a tabaco salía por debajo de la puerta delataba el uso que le daba el encargado a la cabina. Y Marta había sido realmente amenazante al respecto. Desde luego que era peligroso fumar en el barco, y mucho más en aquella zona, tan cerca de las cocinas y casi pared con pared con la sala de máquinas.
Subieron la pequeña rampa de madera hacia la popa y Eva, sin mirar atrás, supo que le seguía de cerca su agobiado turista, por los resoplidos y el crujir del suelo.
Continuaron andando entre las mesas y avanzaron hasta un lateral, donde se encontraba el acceso a los lavabos. Escaleras abajo se sentía un raro silencio y parecía extraño que nadie estuviera subiendo o bajando con alguna bandeja aun con pedidos de última hora. Eva se apostó junto a la entrada a las escaleras e indicó con extrema suavidad a su acompañante el lugar exacto de los lavabos.
- ¡Hemos llegado!, tiene Ud los lavabos bajando a la derecha, la segunda puerta empezando por su derecha nada más bajar, Gracias por acompañarme, si quiere le esperaré aquí para guiarle de nuevo hasta la puerta de salida -
El hombre se tambaleaba al bajar las escaleras y no reparó en el espectáculo que se abría ante sus narices hasta que lo tuvo justo bajo sus pies.
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