Palacio Almenado (Capítulo I, Doña Margarita)

Caía la tarde sobre el chamizo frente a la ermita y la fina lluvia de Octubre estaba calando el enramado del tejado. El tejero lo había dejado montado con prisas y las gotas que caían aquí y allá no interrumpían la lluvia de besos que Mario prodigaba entre los pechos de Tina, la hija del viejo Epifanio. Ella andaba ya con prisas por levantarse y trataba de zafarse incorporándose sobre el mullido colchón de paja.

Una voz lejana aun, llamando al pequeño Carlos, les alertó de movimiento en la aldea junto al palacete almenado. Mientras ella salía a toda prisa, Mario quedó siguiéndola con la mirada, a escondidas desde la puerta. Justo ya casi a unos pasos de la puerta del chamizo, los suficientes para que no se pudiera adivinar con claridad de dónde venía ni a donde iba, se cruzó con ella Manuel, el molinero, que le lanzó una voz desde el escañel de su verde calesa, la que tenía para las fiestas. Se mezcló ésta con el sonido de las ruedas como ruecas quejándose:

- ¡Tina! –

Ella se hizo un poco como sorprendida, le lanzó una mirada de desinterés y le hizo un gesto mudo de interrogación, apuntándole con la barbilla.

Manuel continuó, casi sin parar el carruaje, - ¡Dile a tu padre que le espero a eso de las ocho, en la estación, que viene la señora en el último tren de la tarde ... y ya sabes que viene cargada ...! – Esperó un instante la mirada de Tina, que le indicara que se había dado por enterada, pero ella ya corría a casa alterada por la noticia.

Esto quería decir que esa tarde habría mucho movimiento y que seguramente ya andaría buscándola Isabel, la gobernanta, para todo lo que a menester hubiera de sacar, poner, limpiar, cocinar, barrer, etc. La faena ya estaba hecha desde hace días porque se sabía que estaba al caer la llegada de Doña Margarita, pero siempre faltaba algo de última hora por hacer.

Doña Margarita no era en sentido estricto la esposa de Don Felix Frutos, el cual había heredado el predio junto con otras posesiones en una deuda de juego del Marqués de Almenara. Éste, desde que muriera su esposa, había ido bandeando su cuerpo, su salud y su fortuna en timbas privadas en Madrid, Valladolid y Segovia. Habría sido difícil recuperarle para el mundo de los vivos, de no ser por aquella misiva salvadora de la Corte.

Doña Margarita había estado sirviendo en casa del Capitán Diego López un renombrado miembro de la Guardia Real, que se enamoró de ella perdidamente y con el que casó y tuvo un hijo. Padre e hijo murieron en un embate de la mala suerte, en la que un extraño incendio se los llevó en menos de un mes. Ambos fueron enterrados en un mausoleo privado que aun hoy dormita junto a otro de la Casa Real en la Villa de Manzaneque.

Doña Margarita y Don Félix Frutos se conocieron en ocasión de una de esas timbas y jugadas torcidas del Marqués de Almenara. Era de sobra conocido que destacados miembros de la Casa Real, así como allegados de la nobleza y sus validos celebraban estas citas de jugadores de cartas y apostadores empedernidos. En alguna ocasión el Marqués había convenido trasladar alguna partida a casa del capitán Diego López que consentía en ello a cambio de la mejora de posición de su pecunio y de su matrimonio con la bella Margarita. Ella atraía, con su sola presencia, el interés de muchos jugadores, que eran a su vez pretendientes de sus favores, imposibles de conseguir, teniendo enfrente al Capitán Diego Lopez. También, porqué no, estos pretendientes podrían llevarse, en un siempre dificil golpe de suerte, alguna migaja de los poderes y riquezas de aquellas suculentas timbas.

Eso pensó Don Félix Frutos un día que en su taberna se gestaba esta fantasía y otras muchas a la velocidad de una locomotora de esas, como las que ya pululaban por Madrid y sus alrededores.

Don Félix Frutos, tras cerrar la taberna ese día no dejó de pensar en urdir un plan para hacerse invitar a una de esas timbas. Le importaba poco la belleza de Doña Margarita.

Ese día, en el estío de ese año, llegó en forma de una fortuita visita a la taberna de un tratante de paños, que sorprendido por la repentina tormenta de verano en la calle, se refugió en su local y entabló conversación con Félix el tabernero. Como siempre, el seguía la corriente del visitante con especial maestría y oficio en esas lides de las conversaciones sin un fin determinado. Hablaron de paños y del interesante mercado que para él estaba empezando a gestarse, gracias al interés entre la nobleza de Madrid de adquirir tapices con motivos de dioses y héroes de la Grecia clásica y hasta con motivos pastoriles. La calidad del dibujo era lo de menos, importaba más traer a la casa lo que el vecino de mayor o igual linaje colgaba en sus paredes. Hablaron de lo incendiario que resultaba el caso, tanto en cuestión de encargos en aumento y dinero fresco, como por lo riesgoso de los tapices para tenerlos en casas donde el fuego convive tan cercanamente, en chimeneas, cocina, lámparas y candiles.

El tren llegó casi puntual, asomando al final de la larga curva que dibujaba la vía férrea desde Collado, bordeando las dehesas ahuecadas del predio del Negral. Doña Margarita iba pensando en las casas que había visto por el camino, le llamaban la atención las barandillas de madera lustrosas y los pináculos herrerianos que ya iban siendo moda desde que la residencia real de El Escorial adquiriera tintes de obra interminable. Parecía que algunas de estos palacetes quisieran rivalizar con aquella o siquiera lanzar un guiño de aquiescencia de nobleza obliga.

Llevaba consigo una pieza preciada de su vida en la Corte, un puñado de cartas, envueltas en un fardillo, misivas que había confiado a Doña Sancha, Condesa de Adanero y que ahora, ésta le devolvía, cómplice en la relación que aún mantenía, con el mayor y más diligente secretismo, con su amante fiel, Don Santiago Estevez, compañero de aventuras y suertes castrenses del Capitán Diego Lopez y el mejor amigo con el que contaba.

La llegada siguió el ritual previsto, y los enseres y estancias revisadas a fondo. En los días sucesivos se incorporaría Don Felix, que vendría acompañado del pequeño Jorge: juntos volvían de visitar las tierras del Valle del Tera, un viaje que se antojaba siempre largo y que, en esta ocasión, tenía el aliciente de que padre e hijo habían visitado el balneario de Neila, donde el médico de cabecera de la familia les había recomendado pasar una temporada y recuperarse de sus incipientes achaques uno y de la inapetencia el otro.

Doña Margarita, en cualquier caso, buscaba en esa revista en detalle de mobiliario y rincones del palacete y dependencias aledañas, no sólo un lugar donde guardar aquellas cartas, sino también un lugar donde escribir y disfrutar en largas respuestas a las mismas y, principalmente, un rincón donde volar con la imaginación al leer y releer aquellas cartas una y otra vez.

Al poco de llegar, ya había elegido ese lugar, al menos de forma temporal. Se trataba de un pequeño palomar escaleras arriba de una de las torretas del palacete. La torreta había quedado condonada por ese motivo y, de hecho aun albergaba indicios de aquel uso al que estaba destinada. Sin embargo, la vida del palomar fue tan efímera como trágica. No pasó más de un año sin que día si, día no, desapareciera alguna paloma del palomar. La causa de aquella rara epidemia venía, como era fácil imaginar, de un azor que campaba a sus anchas por el bosque y la dehesa aledaños. El día que Don Félix vió finalmente, con sus propios ojos y tras muchas horas de espera, el lance de caza de la rapaz, se le incendió el alma y juró perseguirla hasta encontrar su guarida y acabar con ella y su descendencia. Ese odio encarnizado albergaba, secretamente, una admiración por el modo de caza del ave. Más adelante, esa admiración tornaría en pasión casi obsesiva de Felix por la cetrería y sería la causa de la ceguera en un ojo que le acompañó por una larga temporada.

En la torreta pasó Doña Margarita, hasta la inminente llegada de su marido y el pequeño, muchas noches en vela. A la luz tenue del candil, sin que el resplandor delatara a nadie su presencia en el exiguo ventanuco, recordaba aquel viaje a Sintra, en el que conoció a Santiago Estevez. Recordaba el día en el que al Capitán le llegó la orden de marchar allá, acompañando a cierta comitiva real en viaje con carácter urgente. La propia reina Isabel viajaba para allá con sus validos, ministros, servicio y, por supuesto, parte de su guardia personal. El Capitán, conociendo la belleza del lugar había acariciado la idea de poder compartir allá con Doña Margarita algún momento de los días y gran parte de las noches que, si no todas, si de aquellas que luego fuera fácil recordar.

Se dio en aquel viaje una circunstancia que propició el encuentro entre los amantes. El Capitán fue llamado a ser el acompañante de la comitiva de forma directa y personal, junto al carruaje de la Reina. El Capitán esperaba tener la posibilidad de delegar en otra persona de igual rango entre la guardia real, e incorporarse más tarde en un pequeño grupo de apoyo al destacamento principal. En el segundo grupo sería en el que iría, secretamente, Doña Margarita. Parecía que todo estaba bien planificado y atado, pero sucedió algo que no esperaba. La propuesta del destacamento de apoyo fue bien acogida por la propia Reina, pero no así que fuera él quien la comandara, sino, en su caso, alguien de su confianza, aunque fuera de menor rango. Esto le suponía perder aquellos días de viaje, seguramente deliciosos, junto a Doña Margarita, pero en el fondo se deleitaba con la sola idea de encontrarse allá con ella. El reencuentro sería, igualmente, explosivo, como tantos otros que se sucedían a la vuelta de otros viajes y misiones. Esta vez no iba a ser menos. Se diría que vivían en un estado de gracia que nada ni nadie podía romper, ni rasgar ni con las más afilada de las dagas.

En cambio, aquel viaje fue en todo su trayecto el principio de esa inverosímil fisura, cortada casi sin querer por Doña Margarita y el lugarteniente del Capitán, Santiago Estevez, de forma tal que fue imposible evitar que por esa herida manaran, desbocados, amor y pasión de ambos. Tampoco retejer o remendar aquello era ya posible, cuando meses más tarde se sucedieron los encuentros, los viajes y las memorables noches de pasión, donde ambos perdían el sentido, enloquecidos en lo más álgido con el sólo contacto de sus cuerpos.

Santiago Estevez había sido el elegido por el Capitán para acompañar al grupo de apoyo que, además llevaría algunas pertenencias y documentos que aún faltaba por completar debidamente. Algunos de estos documentos, sin ser especialmente importantes podrían suponer a la primera expedición una ayuda decisiva en el objeto de la reunión de la realeza Española y Castellana con lo más granado y potente de la realeza y la nobleza Portuguesa. Se trataron entonces los modos de conducir algunos planes de España allende las fronteras de Europa y el cómo salir al encuentro de las contrapartidas de Portugal, y de las de sus gobiernos amigos, en esas pretensiones.

La reunión en Sintra, aun siendo importante para el Capitán fue el preludio de otras que siguieron la misma pauta de viaje, con dos destacamentos llegando al destino con una diferencia de unos dias. Así se sucedieron viajes a otros encuentros de la realeza y de la bella Margarita con su amante, el lugarteniente del Capitán y su mejor amigo, en Holanda, Roma, Flandes, ...

Margarita y Santiago Estevez habían trabado una relación en la que no faltaban trucos para comunicarse y establecer procedimientos para desembocar en secretos encuentros. Esos trucos y añagazas nacieron de aquellas reuniones en las que Margarita debía debatirse entre dos amores, el del amor al Capitán y los abscesos de deseo con el Lugarteniente, al que ella llamaba Mi Capitán en aquellas ocasiones en las que, a solas y al oido, le susurraba sus fantasías en tono de desmayo y le rozaba con la punta de los dedos y cierta falsa laxitud la empuñadura del sable que portaba en su cintura.

Si bien la relación entre ambos había alcanzado unas alturas insospechadas en su momento culminante, llegando a hacer flotar todo a su alrededor y pareciendo que sólo existieran ellos dos, en la ida del primer viaje no hubo más allá que buenas palabras y una corrección que rayaba en lo hosco. De hecho, la ruta entre Madrid y Sintra fue jalonada de paradas en edificios reales, eclesiásticos y castrenses en las que, para ambos, el cansancio vencía a la curiosidad. Sin embargo, en las noches de aquel viaje, en sus sueños se mezclaban lascivas escenas, que llenaban de premoniciones el destino.

Fue a la llegada a Portugal cuando se cruzaron sus miradas y descubrieron en ellas a los habitantes de aquellas escenas vividas en sus sueños. De noche, en una gran hoguera en el patio de armas de la fortaleza de Campo Maior, ella, intranquila por las noches insomnes del viaje, se acercó al calor de las llamas desde lo alto del corredor almenado. El lugarteniente la buscó con la mirada y la encontró iluminada por las lenguas de fuego que subían y chisporroteaban. Esa visión le capturó el corazón y le encendió el deseo, en una hoguera tan grande que le llegaba a la cabeza haciéndole imaginar que se acercaba a ella, sigilosamente, y ella, complaciente y abierta, le diera a beber de su boca. Cruzarían sus lenguas en un beso interminable como las lenguas de la hoguera que ambos miraban tan fijamente. El creía mirar sin ser visto pero, al cabo de un rato, cuando arreciaba el viento y éste se arremolinaba por el interior de la fortaleza, el fuego lo acompañaba lanzando sus penachos a diestro y siniestro. En esas batidas, ella interponía levemente su mano parapetando su cara y evitar la quemazón del calor que la perseguía allá arriba. En ese momento, al alivio momentáneo de la sombra sobre sus ojos, evitaba la visión del fuego y las sombras alrededor de la misma adquirían formas, caras y detalles que no le pasaban desapercibidos. En una de esas sombras avistó al lugarteniente, mirándola fijamente, humedeciéndose los labios como saboreándola y con los ojos brillantes como poseído por la fiebre. Era una provocación aquella mirada dándose un festín sin su permiso. A ella le atrajo la situación y provocar al lugarteniente, vestido con ceñidos pantalones, botas altas de cuero, guerrera corta abierta de la que asomaba un corpiño con cordeles casi abiertos del todo. A medida que ella se quitaba la mano de la cara e intercalaba posturas y miradas desafiantes hacia su posición a través del fuego, se percataba de que la fiebre del lugarteniente iba en aumento y provoca situaciones incluso jocosas, en las que ella misma expresaba su sonrisa cómplice y retadora. El sufría mirando hacia la ahora más que bella, provocadora y sensual Margarita, tratando de evitar el sudor que le ascendía a la frente y esconder de alguna manera la visión de otra parte de su cuerpo que había crecido en tamaño hasta hacerse necesario ocultarla para evitar las seguras risotadas de los compañeros de la tropilla que también merodeaban las cercanías de la acogedora hoguera.

El lance acabó, repentinamente, cuando Margarita abandonó la altura del corredor almenado y bajó las escaleras de piedra, con la sonrisa aún en su boca y sin quitar ojo a través del fuego al lugar donde se encontraba el lugarteniente. El la siguió con la mirada y trataba de zafarse de la sola idea de tenerla entre sus brazos y poseerla incluso bajo su falda, vestida con su corpiño desatado mostrándole sus pechos y devorándolos con su boca y su lengua. Margarita se le metió en sus pensamientos y no se le apartó aquella visión obsesiva hasta que una y otra vez se la confesaba al oído.

A la mañana siguiente, casi de madrugada, aun con los rescoldos humeando en la hoguera partieron a Sintra con la idea de resolver en una jornada la llegada al destino, al encuentro del Capitán. El lugarteniente viajó todo el trayecto con la mirada perdida, azuzando a caballos y carruajes. Sólo pararon en dos ocasiones y aunque llegaron bien entrada la noche a Lisboa, en sus cercanías, en Setúbal, a la atardecida se encontraron escoltados por el propio Capitán Diego Lopez. Margarita mostró una alegría inusitada en el encuentro y se mezclaban en ella sentimientos contradictorios, al igual que los que experimentó el lugarteniente Santiago Estevez, que trataba de esconder su mirada y el brillo de ésta con la sola presencia de Doña Margarita.

No comments: