Me gusta ese sitio, casi vacío, de camino al trabajo. Es un lugar de esos de bandejas y comidas a elegir. A esas horas tan tempranas de la mañana, hay bandejas, pero nada de comida consistente, sólo una máquina de café que, con sólo pulsar un botón, ¡vuala! ... te suelta un capuchino en medio de la taza: hasta aquí todo muy funcional y previsible.
En realidad me afilié a este sitio cuando, la primera vez, fui al lavabo. Allí estaba esa especie de taza elevada a la altura de la entre pierna, adosada a la pared, al uso del moderno modo de hacer pis en versión masculina. Estaba llena a rebosar de hielos y rodajas de limón. Así que, cuando con cierto reparo empecé a mear, me sentí atraido, poco a poco, al ver cómo el chorro chocaba con los hielos y surcaba ese continente helado buscando llegar hasta el fondo glaciar. Por efecto del acusado contraste de temperatura, los hielos cambiaban de posición, desventrados algunos, erosionados otros, escurridos los más y acomodados todos en un nuevo y frágil equilibrio.
No hace falta mucho para conseguir embobar a un cerebro humano desgastado por el tiempo y la nausea. Cualquier cosa vale, desde el goteo incesante de un grifo mal cerrado, el siempre innovador vuelo de las moscas, el inaudito atractivo de las pelis de mutantes, ... hasta esos anuncios interminables made in usa en madrugadas insomnes frente a la tele. Es decir, todo aquello que evoca a la parte reptiliana del cerebro y que parece masajear, con manos expertas, la piel de las neuronas hasta dejarlas en un éxtasis que ralla con la estupidez.
Unos días después, reclamado por lo más recóndito del subsconsciente, volví a entrar, sin oponer resistencia alguna, en el local de la máquina de café y los cubitos en el WC. Y esta vez, durante el acto, con sólo entrecerrar los ojos un poco y una vez asegurado que el secador eléctrico tras mi cabeza aullaba convenientemente en el estrecho habitáculo, pude imaginarme frente a aquel orinal de loza nívea, cual explorador del siglo pasado, haciendo esfuerzos por miccionar en plena estepa helada, en lo alto de una gélida duna ártica o sin saberlo, justo haciendo pis en el mismísimo centro del Polo Sur, como otrora hiciera Admunsen con sus cuatro colegas noruegos en aquella fría noche de invierno de 1911. Lógico, por otra parte, en una reunión de machitos de los de antes y en un lugar donde presumiblemente no habría aún medios de comunicación metiendo sus narices y sus cámaras de fotos.
En esa tesitura, para extender el placer del momento, debía girarme de vez en cuando un poco para renovar el bramido de fondo del aire del secador. Miraba aun con los ojos entrecerrados, como si llevara una de esas gafas de hueso de ballena, con una fina ranura horizontal. Conseguía, al fin, una vista casi fantasmal de aquella taza blanca, vislumbrada sólo, como si fuera una escena real en la nieve, en medio de la ventisca.
Sin embargo, el único aspecto disonante en aquella delirante escena que se producía a unos escasos metros de la calle, en un caluroso día de Julio en Madrid, eran aquellas rodajas de limón entreveradas con los hielos. Cierto es que esto le daba un olor y un sabor nuevo a la escena, diferente, como del tipo "noches de caipirinha", aumentada con el súbito apagón de la luz en el WC, que uno desdeña después de haber sido casi leyenda e historia viva de la humanidad. Agradezco, de todas formas este hecho, puesto que los limones tienen la ventaja de devolverle a uno a la realidad, como un balde de sueños vaciados de repente, sin más ni más, por el despertador. Un aviso de que, sin dilación, es ya hora de volver al camino del trabajo.
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