Tierras de Baza (3): el caso del anillo y los bomberos

Unos días después nos trasladamos a vivir en la casa de la abuela, en plena ciudad de Baza. Esta era una casa añeja, oscura y fría. En verano, con el Agosto golpeando las ventanas esto era una pura delicia. Los dormitorios estaban en la parte de arriba y las camas tenían un aspecto de grandes cilindros. Sus colchones eran de lana y al dormir sobre ellos se debía uno situar en medio para no caer rodando por los extremos. Al día siguiente, si la postura era la correcta, el colchón había tomado la huella perfecta del huésped, en la que podían adivinarse manos, codos, cabeza, nariz, ... Era una lástima que cada mañana hubiera de rehacerse la forma cilíndrica de la cama, y enfrentarse esa noche al reto de hacer huella.

Sin embargo, lo que dejó huella en mi y creo que, por un tiempo, en toda Baza, fue lo del suceso del anillo:

Al cerrarse la temporada estival, la costumbre del paseo por el Paseo, arriba y abajo, abajo y arriba, por el puro placer de andar, saludar a los vecinos, conversar y mirar escaparates convertía el camino a ojos de cualquier niño en una ruta a la desesperación. Al aburrimiento más desesperado e inimaginable. Las pocas alternativas eran las de buscar juegos donde aparentemente no los había. Uno de esos juegos era, en un escaparate, una pequeña argolla, con un agujero poco más pequeño que un dedo, que serviría realmente para enganchar la cancela del comercio, una pesada persiana metálica que durante el día quedaba recogida en lo alto, oculta tras el letrero Joyería Hnos. Ramos. Este comercio era todo un clásico en el Paseo.

El juego con la argolla consistía en meter una canica de goma y hacerla pasar, aunque fuera forzándola con el dedo. Apretándola por un lado, adquiría una fuerza inusitada y salía disparada por el otro, contra la exigua pared entre el cristal y la calle, cual si de un frontón se tratara. En uno de los intentos la bola pareció atascarse un poco más, requiriendo mayor esfuerzo con el dedo. Era necesario probar con otro dedo, y otro, y luego otro hasta que, por fin, la bola salió vertiginosa y casi exhausta de tanto roce. Cayó pesadamente a la calle y una vez allí intenté cogerla, pero no pude, no me alcanzaba la mano, algo tiraba de mi. Era la otra mano, un dedo había quedado metido, con el último intento, en el agujero de la argolla. Intenté tirar, mover el dedo como un tornillo, sacarlo como fuera. Mientras, mis padres, la Tía Kika y el Tío Manolo, me llamaban desde un poco más lejos para que fuera con ellos. Y no podía, la argolla me aferraba entre sus dientes. La única solución era llorar, llorar desconsoladamente. Ahí empezó la alteración del orden público, mi madre rápidamente se agachó sobre el dedo, con actitud de cirujano tratando de ver dónde cortar, mi Tía con el abanico tocando rítmicamente en la cabeza a mi madre al intentar darme aire, mi tío Manolo avisando a alguno de los Hermanos Ramos en el interior de la tienda para que no se alteraran y para ver si había alguna solución.

Entre tanto, la gente se paraba y todos opinaban, que si eso sale con un poco de agua, que si con aceite, que eso no tenía arreglo, que eso tenia que pasar tarde o temprano, que si lo chiquillos son como fieras, que dónde estaban los padres, que si este niño se ha perdido, que si había que llamar a la policía, la ambulancia o ... los bomberos. Sí, alguien dijo, como un eco desde un piso más arriba de la Joyería:

- ¡¡Los bomberos ya están de camino!! –

A Kika ya le estaba entrando el calor en el cuerpo y abanicaba con más fuerza, y el rítmico toque con el abanico era ahora un golpeteo incesante a mi madre y a quien se acercara. Se sumaba más y más gente a la puerta de la Joyería. Uno de los hermanos Ramos, con un fino bigote negro decía, mirándome de soslayo y con cierta falsa fatalidad:

- ¡Los bomberos! ... ¡Estos seguramente terminarán cortando la argolla y quién sabe si hasta el dedo! ¡No son finos estos ni ná!–

En esas, ya todo el mundo opinaba, y el murmullo era una marea de voces que hablaban como una sola voz y atraían a más gente. Algunos que llegaban al tumulto preguntaban incluso que cómo habían podido robar la joyería a plena luz del día y sin esperar la respuesta aducían que, claro, que eso estaba cantado.

Alguien llegó con un extraño librito lleno de hojas verdes que olían a jabón. Mi madre empezó a sacarlas una tras otra y a embadurnar el dedo y la argolla. Estaba desesperada. Echaba agua con un vaso y trataba de sacar el dedo tirando tan fuerte como podía.

Ya habría pasado cerca de la media hora y aquello no cambiaba, tan sólo se renovaban los vecinos allí congregados. Alguno, al marcharse, decía a mi Tío: - Bueno, Manolo, yo me voy, que tengo que cenar pronto, ya me cuentas mañana como acaba esto - A lo que Manolo decía : - ¡Bah!. ¡No te preocupes!, ya sabes ... , en cuanto vengan estos seguro que lo arreglan en dos patadas – “Estos” eran, inequívocamente, los bomberos.

Y ahí estaban ellos. Al fondo del Paseo se vieron las luces del camión cisterna, rojo brillante, con la enorme escalera a la grupa y las luces de la sirena parpadeando y guiñando con su luz anaranjada a toda la calle. Trataban de abrirse paso por el Paseo. Como no podían acercarse no tardaron en hacer sonar la sirena y hasta la campana. Si, además llevaban campana, y su agudo e incesante tintineo añadía más histeria al escenario.


Mi corazón, todo mi cuerpo, pareció reaccionar ante tanta alarma, se me encogió en ese instante el alma. Probablemente, esto se transmitió de inmediato al dedo que, misteriosamente, salió entonces de su prisión, suavemente, como si el muy infame hubiera estado fingiendo todo su cautiverio y se mostrara ahora como un fugitivo satisfecho, que ha burlado a sus guardianes.


El gentío, al ver el desenlace sin intervención de los bomberos se mostró en parte contento y en parte engañado, desilusionado al no poder ver en acción al cuerpo de bomberos que, con hacha en ristre, se acercaba ya a pocos metros de las puertas de la Joyería

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