Todo a una carta (o la Carta a los Reyes Magos)

Andaba en cavilaciones con mi buen amigo Dimas, paseando por una rambla aun semidesierta a esas horas del final del día, en una extraña y fría tarde de invierno. Las luces de la navidad se habían adelantado y los brillos de las bombillas le daban un aspecto de feria a toda la calle abajo.

Me recordaba Dimas las veces que había topado, en sus correrías desde la infancia hasta estos paseos otoñales, con esas pequeñas piezas de metal que, tras un cierto tiempo dedicado a buscar explicaciones inquietantes propias de adolescente, había decidido abandonar finalmente a una rara fortuna. Dimas corroboraba su despecho por la casualidad tan repetida purgándose el bolsillo de su gabán con su gran mano derecha y sacando, sin pasión alguna, un par de ejemplares cobrados la pasada semana en la esquina de General Tamayo con el Paseo: un par de cobrizas pinzas del pelo, en buen estado de salud.

- ¡ Lo mejor de tus casualidades es, querido colega, que esas pinzas parecen inocuas, vamos, que nunca te traerán ni buenas ni malas noticias! – me apresté a indicarle –

- No te entiendo ... , ¿dónde quieres ir a parar? – espetó Dimas buscando alguna pista reveladora.

- Bueno, quizás lo veas más claro cuando te cuente mis encuentros con esto ... – en ese punto, ya había desenfundado mi cartera y de entre los escasos papeles de identificación, había entresacado un breve manojo de naipes manoseados y con claros signos de haber sido recogidos del mismo origen que las bronceadas pincitas de mi amigo.

Dimas las cogió al punto y las miró como si las estuviera revisando para jugar al mus o a las “siete y media”. Noté que su mirada se paraba y le asaltaban tantas dudas ... como a mi mismo.

- Al principio, le di poca importancia, de hecho, pobre de mi, tiré algunas cartas que encontré. Sólo guardaba las que me parecían en mejor estado, con la extraña idea de contar con alguna jugada maestra algun día: un poker, 31 puntos, el velo, hasta incluso todas los naipes del mismo palo ... En cualquier caso, no parecía nunca haber relación alguna entre estos pedazos de cartón y las cosas de la vida. Cuando tuve algunas se las mostré a la que ahora hoy es mi compañera y madre de mis hijos, que anotó un inocente comentario sobre alguna caprichosa relación de estos descubrimientos con el pasado jugador de algún antepasado mío, que perdió algunas de sus posesiones más preciadas, incluida parte de la hacienda familiar en repetidas jugadas en el Casino de la ciudad, muy cerca de donde encontraste esas bruñidas pinzas que antes me enseñaste.

Amigo Dimas, llegué a pensar en la posibilidad de que este antepasado me fuera dando consejos en forma de cartas, pero ignoro su juego, las reglas del mismo que me dieran idea de cómo leer este siete de copas, este dos de espadas y este as de oros.

- Y esta, Dimas, es de las últimas que encontré... ¡Mira, te juro que no sé en que juego se usa una baraja tan rara! ¡Ves!, parece que sea la suma de un montón de cartas, una encima de otra, ves, sólo se ve el número de cada una y parece que hay hasta siete – continué - Dimas, tengo la impresión de que si mi vida es una baraja, me deben faltar pocas para completarla. Bueno, ¡es broma!, tampoco debemos jugarnos la vida a una sola carta, ¿no? – le sonreí y empujé levemente con el hombro al tiempo de decirle esto último.

Guardé las cartas y cambiamos de temas varias veces, continuamos el paseo. Miré la hora y constaté que ya llegaba tarde a la puerta del Casino, donde había quedado con un familiar que tenía unos papeles que había encontrado en el desván de la casa de los abuelos. Curiosamente, había una carta dedicada “a mi nieto”, escrito por detrás con letra muy redonda pero temblorosa ...

Me despedí de Dimas y quedamos en vernos otro día para repensar sobre estos encuentros con pinzas y restos de barajas. La hora se me echaba encima y el ambiente navideño había empezado a tomar las calles y se respiraba bullicio, tráfico enloquecido y hasta parecía empezar a llover.

Ya casi había llegado, apresurado, llamé a mi prima desde la otra parte del Paseo, y me dispuse a cruzar la calle casi sin mirar y con la vista puesta en esa carta que me mostraba desde la otra acera ... Un alivio, era la que me faltaba ( por estas fechas ) ...

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