Manuel ya no merodearía por allí, ni él ni su padre. Sus primos de Madrid habían ido a Baza unos cuantos veranos y, cada uno de ellos, dejaba un rastro que podía seguirse en viejas diapositivas.
Seguramente, esta imagen coincide con el descubrimiento de la Dama de Baza. El lugar donde la encontraron y que habían abandonado recientemente había quedado lleno de agujeros, oquedades donde uno era capaz de meterse y perder de vista el horizonte. Parecía que la excavación la habían dejado con cierta urgencia. En el fondo de esas trincheras aun quedaban cosas interesantes. Rafa, sin mucho buscar, encontró una cuenta de piedra de río, gris, veteada, pulimentada, de algún collar dificil de creer.
Manolo, con sus grandes botas caminando entre las oquedades, parecía casi un gigante y a la par un docto en las lides de la arqueología.
- ¡Mira!, en este agujero estaba la dama - decía casi como si la hubiera ayudado a sacar él mismo. A saltos entre los agujeros la vida se escapaba al trote, sin jinete, salvaje, infantil, feliz sin excusas.
1 comment:
excelente : de repente un vahído me sube por el cuello y me aprieta la respiración; vuelve trotona la infancia perdida entre piedras.
Hoy sé que Los manolos van al cielo: all my loving nanonionaaaa, all my loving nanonaionaaaaa!
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