Bueno, las calles no eran nunca las mismas, sobre todo al recorrerlas según la suerte del día y dependiendo pues del destino, las prisas, la situación del sol o la luna, el ritmo de la compañía, el viento, los bares, .... A este desentendimiento de los sentidos por la orientación más básica se unía el humo de los bares. Más bien, el humo alrededor de ellos que, sin solución de continuidad, se encadenaban como un juego de la oca en el laberinto de estrechos pasillos, entre manzanas, que cruzaban la villa.
Si fue tan sólo un par de siglos lo que tardó en construirse la villa, parece una pura artimaña la disposición de las calles: colocadas en un continuo salto de caballo, girando a un lado y a otro a cada bocacalle, tratando de esquivar (ese caballo) a algún perseguidor o disponiéndose al servicio de una estratagema definida desde una vista superior, en un tablero sinuoso limitado al Norte por el pequeño puerto de abrigo a los escasos paquebotes que rasgaban la noche con sus minúsculas lucernarias. Al Sur, corta el tablero el roquedo, veteado por lanchas blancas de arena y caliza, tojos, gayubas y cactus en flor. Y sobre los últimos ágaves, rayando el sol de diciembre, eclipsando sus rayos del alba y de la atardecida se encuentra , ahí, la otra villa, otrora la que vio nacer a la villa marinera y hoy fundida en una combinación de gentes y silencios, de pesares y unas pocas alegrías. Alegrías que casi siempre fueron explicadas como milagros (irrepetibles, como todos ellos) y bálsamo agradecido a los naufragios de cada año repetidos.
El Oeste y el Este lo abrazan como en apócope de contraste lacerante y básico, primitivo: el mar, la mar ya casi océana y la sinuosa continuación del roquedo Sur, de la montaña escondida entre densos pinares umbrosos, lenguas de arena y caseríos desperdigados a su suerte.
Todo respondía a jugadas en un cabalístico plan introducido por alguna mente en plena ebullición, dominada por un fluido siempre enloquecido por su rozamiento con el lado rocoso del tablero. Ese mar, en el contacto con la roca, era empujado por su afán de desbordamiento. No en vano la villa marinera, la de abajo, había sido construida y reconstruida tras sucesivos abandonos del mar a la playa y de esta a otra más baja, sin saberse a ciencia cierta porqué cedió sus bastiones sin conocer la derrota ni plantear batalla.
La vergüenza de ese mar quedaba ahí, latente, moviendo vientos y nieblas: todas la mañanas amanecían tenues nubes cosidas a girones en los espolones del roquedo. En ellas, misteriosamente perdíanse bandadas enteras de gaviotas que sólo eran arrojadas a la playa como náufragos al despuntar la luna y el sol, enrojecido en el horizonte.
El viento movió seguramente los olores de la villa y construyó los pasos de sus portadores, los que los llevaban a su término, tanto para alimentar los corazones, los deseos, los estómagos propios y ajenos. Y sobre los olores, los trazados de las calles conducen vientos y sensaciones, que se juntan y separan al azar y premeditadamente para extenderse sobre el pavimento, las paredes y los pomos de las puertas. Hasta un pomo de una de esas puertas llegamos una noche, entramos en el tablero desde el Norte, bordeando el puerto desde el interior. El viento mostró la risa de aquellos caballos que transportaban mil olores ...
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