El helicóptero llevaba la carga colgada de un haz de cuerdas de metal, unidas todas ellas por un simple cabo y un ocho terminado en el dispositivo que abriría los anclajes de la carga.
Se posicionó en la vertical y lentamente inició la bajada.
Perfecto, la llegada de la carga sobre la plataforma no pudo ser más suave. Instante después, para liberar los enganches debería destensarlos con una leve bajada. Bastaría con medio metro. Una vez bajó medio metro, quizás algo más, el piloto debería haber iniciado la subida.
Los enganches habían saltado y ahora sólo faltaba subir y separarse de la carga y la plataforma. Pero, aún seguía bajando y los ocupantes del helicóptero vieron cómo se presentaba ante sus ojos, a menos de dos metros la cúspide de la carga, ahora invertida por el efecto del miedo colectivo.
Sólo apenas un grito de alarma fue lo que se oyó antes de que sucediera el desastre: las hélices chocaron con la carga y al primer golpe el aparato se escoró hacia la torreta del puente.
Se partió en dos el aparato, como un pedazo de hielo caído del cielo, y el humo y el fuego aparecieron simultanea y fulminantemente.
Sólo faltaba la última explosión, la que sucedió tras chispazos del roce del metal contra las paredes del puente y los golpes secos de fragmentos de hélices y chapa golpeando contra los coches que aún transitaban.
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