Gracias para siempre, Almería, por haberme dado una mamá tan maravillosa.


Traté de fundir mi cara con el mar, que abría sus manos para acogerla como un precioso recién nacido. Fue por querer besarla, y con los ojos aun cerrados, vi su imagen cómo se me escurría abrazándome, mezclándose con el color de la arena plateada de la orilla, feliz y dispuesta a navegar a lomos de esas olas sonrientes. Esas que, despeñadas desde las crestas de Cabo de Gata, habían venido a recibirla con los brazos abiertos.

Con el calor de los primeros días de verano, suavemente, se fue mi Mamá al fondo y mar adentro, guiado aquel polvo de estrellas por el velamen de mil flores que se fueron con ella. Tensaban en su marcha, aquellos pétalos rojos, el hilo invisible de encaje que dibuja el contorno de la playa y también, el de ese pálpito de tristeza y pena, de tantos corazones ahí, entrelazados, en aquella orilla.

Eso, entrelazados, por un instante (gracias Mamá de nuevo por ese y todos los de antes y los que viviremos gracias a ti), …todos esos corazones, de hermanas, hermano, sobrinos y sobrinas, hijos, marido, nietos, nueras, amigos … que, de repente, nos reconocimos como víctimas sorprendidas de un naufragio sin barco. Y en ese mágico e interminable segundo detenido, te buscábamos entre nosotros, negándonos a dejar de recordarte, a hablar contigo, a escuchar tus cosas, tu risa…

Verás… Rafa era una hija de su tiempo, nacida en aquella Almería de fotos que abandonaban el blanco y negro, de forma dura y milagrosa. Ella tejió su mundo, tan pequeña, sin su madre, que se fue sin que pudiera disfrutar de ese calor. Mientras su padre sumaba una nueva familia con sus hermanos, se crió con su tía, a la que quiso como su madre. Feliz por el campo, con su vida cortijera, siempre rodeada de amigas, se miraría en el espejo de ese abrigo en el que, en cada recodo, de cada camino, de cada hierba, de cada rayo de sol, de cada jirón de viento, se encontraba con ese susurro que fuera quizás el deseado aliento cerca, el de su madre …

Como una marioneta, un día, de esos en los que no esperaba nada de nadie más allá de aquel tejado, se encontró girando en un nuevo mundo, el de una ciudad, Almería, el de una nueva familia, la de su padre con su madrastra (otro ángel), y un tropel de viejos y nuevos hermanos que la acogieron con esa mezcla de caballos desbocados de sentimientos contradictorios que explotaban en Rafa en su alma y su piel con alegría, tristeza, rabia, ilusión,…

Pizpireta, guapa guapísima, joven, con esa sonrisa suya haciéndola aun más rebonita, paseo arriba y paseo abajo se encuentra con nuevos amigos y amigas, se sube sobre su nuevo rincón de libertad, y con los ojos bien abiertos, y con los brazos remangados, dejándose la piel en todo, conquista a todos en su casa y fuera de ella. Ya había entrado a trabajar en la Telefónica y en un día de esos, de esos de Club Náutico, de cruces de miradas y besos escondidos, se enamora de un tipín de la capital, que le escribe unas cartas envenenadas de amor, … infalible y deseado dulce veneno, lista para morir en sus brazos …

Se convierte al poco en emigrante en su tierra, casada de catedral de Almería, donde la Virgen del Mar le hace un guiño maternal y cómplice. Llega a su nueva ciudad, Madrid, a un barrio en construcción, en medio de descampados donde aun no llega ni el tranvía. Y se hace mujer y madre de repente, a toda prisa, con la misma que da a luz a sus hijos: uno, dos, tres, en apenas seis años y el cuarto diez años después del último. Vida intensa de madre, sin una sola queja a nadie, sin saber si hubieran existido otros mundos para ella, otras vidas posibles, un túnel de trabajo doméstico que sube y baja al día varias veces como en un enloquecido viaje por una montaña rusa. Lucha en medio de esa ciudad tan sañuda y enloquecedora, por su marido y su familia, trastablillea en intentos de ganarse a otra nueva familia, la de su marido, que la trata a menudo con inmerecida altivez, y aunque ella gana siempre, en su alma se posa esa pena por las heridas que se deben curan a solas y lentamente, con el tiempo, sin el bálsamo cercano de una caricia del Mar.

Esa vida es en si la mejor de las herencias, la única con verdadero valor. Lo que mi mamá me ha enseñado, con su gesto diario, es eso, entre otras cosas: a tratar de ser feliz haciendo felices a los demás, a cultivar la alegría y la valentía, a sentir y conocer la naturaleza, a disfrutar aprendiendo, a forjar y defender ideas justas, a reducir lo adverso bajo el efecto sanador del dialogo constructivo y con sentido del humor, a tratar de comprender y ser paciente, decir lo que se piensa sin miedo, a dar y recibir cariño y mimos, a ayudar a hacer las cosas de casa …

Lo demás ya lo sabéis o lo podéis imaginar. Pasaron días y años y mi madre, que añoraba volver a ver el mar, su tierra y revivirla de nuevo, fue renunciando a esa ilusión para convertirla en secreto amante de su corazón, al que dejaba escapar, contadas veces, cuando confesaba casi a solas, con decisión y un brillo infantil en la mirada, su deseo de fundir sus restos con el mar en una cierta orilla que baña Almería, cerca de aquellas azucenas que crecen todo el año, salvajes….

Hace unos días por la mañana, una de esas raras de aviso de plaga de medusas, mis dos pequeñines jugaban en la playa del Zapillo a hacer agujeros y castillos en la orilla. Se afanaban en evitar que las olas arrebataran aquellas trabajadas torrecillas y murallas construidas con ilusión. Las olas llegaban entonces y desmoronaban todo, mezclándose los restos corriente abajo con otras arenas volteadas y plateadas de esta y otras orillas, esas mismas donde hace unos días fuera a mezclarse su abuela, mi mamá, Rafa, esa mujer superguapa, de alma pizpireta … feliz y dispuesta a navegar a lomos de esas olas sonrientes. ¡Adiós Mamá!

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