El perfume del pánico ...

Algo así como un perfume con un punto de mezcla de miedo a lo desconocido, galletas con mantequilla y aroma a viento fresco con olor a humedad de una mañana madrugadora de Agosto … Así lo había notado Alberto esa mañana en la parada del bus junto a un centro de salud. Deseó que fuera una confusión, que fuera eso que llevara el pivón que había llegado en ese momento a la parada, una rubia con una falda a lo Yoplin y con la que había cruzado una mirada de interés por su parte con otra de desidia y sutil desinterés por parte de ella.

Al apartar la mirada y llevarla, sin interés, al brillo del bus que se acercaba, reconoció aquel aroma que le evocara, como en otras pocas ocasiones, aquel que llevara pegado a la espalda cruzando el parque a toda prisa y le daba vueltas a la cabeza hasta provocarle una ausencia en la que le parecía que estuviera descendiendo sin paracaídas desde una altura definida.

La altura era exactamente aquella que distaba desde la puerta de casa, calle abajo, cruzaba el parque, bordeaba el edificio del colegio y se adentraba, desde la puerta de cristal, atravesando pasillos en penumbra junto a las aulas, bajando unas escaleras con borde de goma y entrando por el gimnasio de mayores, hasta los vestuarios, junto a la piscina del colegio.

Distancia suficiente como para no olvidarla jamás y con más persistencia aun si, para recorrerla, la madre de Alberto no dejara de tirar y tirar de su brazo para franquearla lo más rápido posible.

El olor continuaba con el frío del vestuario y con el momento en el que Alberto subía unas escaleritas de madera al fondo del vestuario y entraba al recinto de la piscina por un ventanal de cristal convertida en una improvisada puerta. Allí le esperaba el momento de estrellarse, junto a otros niños, puestos todos bordeando la piscina, con el azul verdoso del agua brillando con dolor en la retina y no pudiendo encontrar ya ni la mano de su madre ni su mirada.

La fragancia con sabor a mañana temblando en el parque se tornaba en chasquido brutal del agua queriéndose meter por la nariz y la boca, como queriendo llenar la cabeza que se sintiera como una calabaza llena de gritos de niño queriendo escapar de aquella tortura. Y más aun cuando Alberto sabía lo que venía después y que no era otra cosa que un palo largo de madera con una pieza de metal a modo de asa en la punta, que se acercaba a el, le gritaban que se agarrase a esa punta y una vez aferrado ahí, le llevaban en rápida travesía hasta el centro de la piscina, donde más cubría y en la que todo tornaba en un verde amenazador y desde donde el que manejaba el palo pretendía que nadase hasta el borde de la piscina. A ese fin, para tornar aquella lejana fragancia en el vaho del miedo aterrador, el hombre que manejaba el palo procedía a hundir la punta a la que se aferraba Alberto hasta que éste, al ver que se sumergía el detrás de la punta del palo, no le quedaba más remedio que soltarse, moviendo brazos y piernas, llorando y gritando de terror, sin saber dónde ir ni qué hacer para dejar de tragar agua. Lo peor, además era que aun habiendo ganado casi la orilla, Alberto veía cómo emergía de nuevo el palo y lo arrastraba de nuevo al lugar donde fuera abandonado instantes antes … y así hasta un número de veces en las que creía perder el conocimiento.

El sabor del cloro le arde en la garganta, hasta que se diluye al salir de la piscina, vestirse y reencontrarse con los brazos de su madre. La mamá de Alberto percibe el terror en su mirada y deja a los pocos meses de ir a la piscina a “aprender” a nadar, aunque el guarda aun ese pánico a esa caída libre, atravesando el parque, a ese aroma a aire fresco amarrado a su espalda, que le hace casi perder el conocimiento …

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