Los veranos de las Moreno: legado de arena y mar

En las playas del Zapillo, donde el tiempo parecía detenerse en la orilla, se tejen los recuerdos de los Moreno, una familia que marcó generaciones. Aquellos que hoy superamos los 40, 50 y 60 años, aún recordamos esos veranos como si fueran un álbum de momentos felices: juegos en la arena, castillos, partidos de fútbol, risas que se mezclaban con el sonido de las olas, y las meriendas compartidas bajo un sol incansable.

Era un tiempo suspendido, un paréntesis en la vida donde cada baño en el mar y cada castillo en la arena era una aventura. Flotadores compartidos, nadar juntos, y las voces de las tías Luisa, Loli, Piti, Pepe y Rafaela, resonando como un himno a la alegría veraniega. Ellas, las Moreno, fueron el centro, el alma de esos dias interminables. Con su carácter indómito, suavizaban las durezas de la vida, transformando cada momento en algo especial. Juntas, abanicándose y comentando con humor y cariño los vaivenes de la vida, eran el patrimonio vivo de nuestra familia.

Y cómo olvidar las tardes post-siesta, esos paseos por la rambla, el puerto, la Alcazaba, y las noches en el piso familiar en la calle General Tamayo. Desde el alto balcón de ese piso, veíamos furtivamente las películas del cine Hesperia, con personajes como Maciste, romanos de Hollywood, vaqueros de desierto de Tabernas ... imágenes que alimentaban nuestros sueños infantiles.

Las reuniones en la playa daban paso a encuentros más animados, con el Tío Ángel desde León aportando su sorna leonesa y el Tío Pachi, siempre listo para un debate político, con su colección de 'Interviús' bajo el brazo. Dias de ocio, aprender y saber que existían otros mundos de libertad, democracia y algunas cosas más, en páginas centrales ...

Y en esos días de verano, yo también encontré mi pasión. Junto al Tío Pachi, exploraba el mundo de la electrónica, construyendo desde organillos electrónicos hasta una emisora de radio FM. Pequeñas aventuras que, ahora, parecen grandes hazañas, o al revés, quién sabe

Aquellos veranos se salpican en la memoria reciente con un encuentro mucho antes de pandemia en la plaza Manolo Escobar, con Piti, rodeada de sus hijas, nieta y sobrinos de Madrid, y ya hasta nos acompañaban mascotas, Bella y Rufo ... y flotando siempre esa sensación de que aunque nos veamos cientos de años después, quienes sean las y los Moreno que se junten, será como haberse visto ayer, siempre abrazados y queridos.

Como una despedida simbólica, aquel momento en que las cenizas de Rafaela se mezclaron con el Mediterráneo, siguiendo la estela de flores rojas que se fueron navegando en su homenaje aquel día. Una despedida, sí, pero también un recuerdo de que, como las olas, ese legado de los Moreno sigue fluyendo, maravilloso, sonriente, eterno e imborrable.

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