Tierras de Baza (2): la Fuente de los Huevos Podridos

A la vuelta a Baza, en casa de Manuel y Kika, las calurosas tardes de verano transcurrían como un reloj daliniano, derretido por el calor y escurriéndose por las paredes de la casa.

Manolito, estoico y cerebral, nos enseñaba su espléndida colección de postales de lugares del mundo, ciudades que estaban ahí fuera. Cientos de postales, recogidas en una gran caja de cartón, en varios paquetes atados con gomas.

Las aferraba con sus manos regordetas y, como un mantra, categóricamente, como ese inexorable reloj, Manuel separaba una a una las postales y las ponía sobre el tapete de la mesa camilla como si jugara contra algo o alguien. Cada postal tenía un número, al principio todo empezaba con un uno, dos, tres, pero al rato ya los números bailaban y se repetía el doce, el dos, el diez, incluso el sesenta y ocho y, tras el, volvía inexplicablemente el tres.

Ante esa suerte de números asignados aleatoriamente a cada postal, la curiosidad nos llevaba a mirar con detalle alguna de las postales que reposaban en la mesa. Aguantando la respiración acercábamos la mano a alguna de ellas y antes de llegar a tocarla, Manolito ya nos había asestado un guantazo o nos había zarandeado como muñecos, agarrándonos la cabeza por los pelos.

Así las cosas lo mejor era explorar nuevos territorios en casa de la Tía Kika. En un trastero, en un montón de juguetes llamaba la atención una pistola de plástico que disparaba bolas con una extraña lentitud: todo un reto para alcanzar a las moscas que pululaban por las habitaciones. La razia fue marcada por numerosos puntos rojos sobre las encaladas paredes y el traslado inmediato de juegos a la calle.

Una vez allí, bajando por entre las huertas, junto al regato, aparecía un lugar con cierto halo de intriga, por su soledad, y el permanente olor a huevos podridos. Este era un gran cuadrilátero, de unos diez metros de lado, delimitado por una valla de piedra y haciendo escalón hacia el interior del cubículo. El suelo de tierra se tornaba de un gris pálido a un marrón oscuro, junto al surtidor de agua, donde el barro impedía acercarse a beber. Escoltaban la fuente un revoloteo constante de avispas y golondrinas que atiborraban el buche y a duras penas podían levantar el vuelo.

Al poco tiempo, apareció en una vespa una pareja. Cruce de miradas. Estaba claro que era el momento de volver a casa de la Tía Kika. Ya lejos de la fuente, en un ángulo protegido de miradas, a la umbría, bajo un enorme sauce, atisbamos a la pareja besándose ...

1 comment:

jadomo said...

Yo no hube nacido aún. Pero aquellas moscas granaínas también huyeron de mis pantalones cortos, antes, después... incluso esta mañana de julio bajo un sol fluorescente.
Gracias Andy.