Esas chicas estaban en el mismo hotel, justo en el piso de arriba al nuestro. Las habíamos saludado desde la ventana y les preguntamos si podíamos hacerlas una visita a su apartamento. Nos pareció escuchar algo afirmativo en inglés.
Decididamente, íbamos a subir a visitarlas. Esta situación suponía una tremenda y fascinante aventura ...
Y es que encaramarse desde nuestro apartamento, desde la planta inferior a la de ellas, subiendo las escaleras de ese hotel de tercera, era como hacerse llegar en un prostíbulo desde una habitación a otra contigua. A esa sensación ayudaba, y mucho, el mapa de desconchones del techo, el olor a humedad y acaso hasta los lamparones de la mitad arpillera - mitad moqueta que forraba las paredes hasta la altura del bajo vientre. Imaginaba, por un instante, señores gruesos, con bigotillo, culminando intercambios de fluidos, resoplidos y babas por las esquinas, con las vecinas de arriba. Un asco y un misterio a partes iguales para cualquier adolescente.
Al fin llegamos, mi hermano y yo nos encontrábamos ya en la misma puerta del apartamento. Absolutamente mareado por el oleaje de sangre corriendo entre mis sienes, tuve que apoyarme con la mano en el quicio de la puerta. Dentro, mientras mi hermano hacía sonar el timbre como si apretara la nacarada espalda de una negra chicharra, se oían las risas de ellas, se diría que corrían, que abrían y cerraban puertas, haciendo la espera helada, tensa y espesamente vacía.
Al fin, se abrió la puerta, y apareció una chica: adolescente, delgada, casi de nuestra edad, no muy alta, con pantalones cortos blancos y una camiseta verde de tirantes. Su pelo era corto, brillante y cortado a tazón y su piel era un poco como nieve dorada. Su cara, una luna redondísima y las gafas a juego. Daba la impresión de enfado por la intromisión, aunque al segundo esto cambió ante la llegada a la puerta del resto de compañeras de habitación. Supongo que mi hermano diría algo educado, tranquilizador y a la vez suficientemente insinuante. En su estilo.
En un momento de la conversación, aun en la puerta, sucedió lo peor, lo que era difícil que sucediera. Es decir, surgió la pregunta:
-Y, ¿qué os ha traído por aquí? – preguntó mi hermano –
- De vacaciones - dijeron casi a la vez, en un inglés tan rápido como una ráfaga de viento haciendo batir las cortinas de tablas del hotel. La suma de todos los sonidos construía una sola voz femenina, salida como de un cuento de hadas. Al silencio siguiente, siguió un nuevo torrente de voces, que encadenaban, más que una frase, un mensaje:
-¡Trabajamos todas en la misma fábrica! –
Mi hermano entonces siguió tirando del hilo que se había posado, latente, en el aire:
-Y, ¿en dónde trabajáis todas juntas? – insinuando él mayor interés del supuesto en el lugar del mundo, más que en el tipo de fábrica.
La respuesta se hizo esperar, pero llegó. Además, fue otra vez a coro, con un inicio casi alegre, ma non troppo, seguido casi de una corchea de silencio sostenido (muy poco sostenido, ciertamente) y un final casi de oboe. Esto último enarbolado por la que, enfadada, había abierto antes la puerta:
- ¡En una fábrica cerca de Glasgow ¡– corchea de silencio. Luego, el oboe: - ¡Sí, en una fábrica de salchichas ...!-
Al instante, en mi mente de adolescente hervida de hormonas excitadas, emergió la imagen de estas mujeres como operarias de la fábrica de salchichas, una junto a otra, con la mirada perdida y trajinando con las manos, de forma inconsciente e incesante, una salchicha tras otra. Imaginaba qué pensamientos podrían albergar al pasar por sus manos esos millones de kilómetros de salchichas redondas, calientes, carnosas, enhiestas y a la vez flexibles. Todo ello llamaba a fantasías de la que brotaban imágenes mas que turbadoras.
Con la esperanza de gobernar esta tropa insolente de imágenes y evitar que desbocasen en pensamientos más lacerantes y lascivos, pregunté sin atisbo de sorna ninguno:
- ¡Ajá! – estúpido inicio de intervención que no hacía sino hacer más difícil la cosa - ¿Y qué tipo de salchichas son las que fabricais?-.
Ya estaba hecha la pregunta. El desastre se mascaba en el ambiente. Silencio de nuevo. Se miraban ahora, entre ellas, pensando algo así como, este tipo es un marciano, qué pretende saber éste ... Todo eso se leía sin mucho esfuerzo. Mi hermano lo estaba viendo y su cara era de esas suyas de poker pero que venia a decir: muy bien, con esto ya nos podemos ir despidiendo de ir más lejos, tampoco sé qué demonios buscas con esa pregunta ...
El final del encuentro estaba llegando, pues la misma chica de siempre, la del enfado continuo, con pantalón corto blanco, rompió el silencio corriendo hacia el interior del apartamento. No tardó en volver, esta vez con una gran rueda de salchichas sonrosadas. Agitada, mostrándolas con cierta vehemencia, dijo contundentemente:
-¡Éstas! ¿vale? -
Habría casi un centenar de salchichas desaparramadas, tantas que no dejaban distinguir sus manos. Sus dedos se confudían con ellas. Parecía que tuvieran vida propia.
Seguramente se las habrían traído de la propia fábrica, quizás para ahorrar o para no olvidarse de las horas perdidas en la fábrica, quién sabe ... En cualquier caso, estaba claro que su vocación salchichera estaba bajo sospecha. Sus caras, mirando al unísono a ese manojo de carnes colgando, eran prueba de ello y mezclaban pánico, tristeza, terror y hasta asco.
Una vez de nuevo en la piscina del hotel, tumbado junto a mi hermano, bajo el mismo sol y mirando a la terraza de las chicas de la fábrica de salchichas, mi imaginación volaba de nuevo rumbo donde dejé mis fantasías ...
1 comment:
Jodér que calentón chaval...lo que hubiera dado por contemplar la escena...además no sé porqué me da que eran deliciosas...las chicas digo..no las salchichas...Un saludo figura...
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