Mis recuerdos de aquellos días de Feria me la dibujan como un gran animal que se asomaba a la playa del Zapillo, con una mezcla de bocinas insolentes, canciones de verano que trepaban al cielo agarradas al humo de los pinchos morunos e historias de gentes que andaban sin prisas de un lado a otro.
El lugar se convertía para un adolescente, como yo en esos días, en un inmenso Triángulo de las Bermudas donde todo parecía girar y acabar engullido por ella: los circuitos de coches de autoescuelas en La Rambla, la entrada y salida del puerto de cargueros y marineros, barcos grises, La Chanca, La Alcazaba, las noches de pipas con el Zorro en el cine Hesperia, el agua de Araoz junto a La Catedral, las largas tardes en casa de la Tia Piti, el sabor de la leche merengada con barquillo en el Paseo, el vapor interminable de la Térmica, ... hasta las manchas de alquitrán en los pies entre aguas oscuras de aquella playa.
En la Feria, cada año, unas cuantas atracciones competían por dar la campanada ...
Una de esas atracciones que se abría paso para hacer historia fue, ese año, la del Monstruo de Guatemala. Y es que, en un mundo tan poco globalizado como el de entonces, en Guatemala bien podría haber un monstruo y lo que le diera la gana imaginar a los adolescentes que bailábamos al borde de los coches de choque, al ritmo del “... anda chava chuve chive otro bacho de chevecha que che chuve a la cabecha ...”.
El recinto que ocupaba este extraño invento de algún imaginativo feriante, estaba ubicado casi en la mitad de la ruta donde se concentraban casi todos los cachivaches. Por un precio de entrada a esta atracción, que se antojaba casi como una valiosa apuesta, uno se adentraba a solas por un estrechísimo y sombreado pasillo, flanqueado por mamparas de cartoné cubiertas con algunas telas ruinosas y embadurnadas de colores indeterminados. El corredor era culminado en una rampa que, al subirla, permitía ir percibiendo los sonidos de un lejano radiocasete emitiendo aullidos de lobos y hasta de monos gritando como si estuvieran enloquecidos.
A esas alturas, las del piso elevado de esta atracción, el espectáculo sobrevenía sin rodeos: allá abajo, en el centro del piso, en una especie de foso cubierto por una red, se dejaba entrever al fondo la cabeza de un chaval de tez aceitunada, cubierta con una caperuza de raído fieltro marrón y a la que se habían cosido una especie de largas trenzas verdes que se extendían por todo el habitáculo. La cabeza del “monstruo” parecía estar suspendida en el aire, en un frágil equilibrio sólo soportado por esas largas trenzas, que pretendían entenderse como brazos o tentáculos. En realidad, quedaba claro que el pobre chaval estaba embutido en algún tipo de estructura, disimulada por un decorado con motivos selváticos y que arrancaba justo desde el gorro a la altura de su barbilla.
Al chico le costaba mirar para arriba y, cuando lo hacía, sus largas trenzas vibraban amenazando la estabilidad de todo el tinglado. Estaba claro que el espectáculo era pura superchería pero, sin embargo, por encima de la posible sensación de engaño, le sobrevenía a uno el sentimiento de bajar a ayudar al colega a zafarse de tamaña tortura. Pero el plan resultaba imposible, la red impedía entrar desde arriba y el decorado de lianas no permitía ver puerta o agujero alguno por el que entrar. Y peor aun, podría ser que fuera cierto que fuera un monstruo de verdad lo que allá abajo resoplaba bajo el griterío de monos.
Ese mismo zagal apareció el año siguiente bajo el sobrenombre del increíble hombre araña, en un escenario de guisa similar, pero esta vez las trenzas querían semejar patas y a su gorro, ahora teñido de negro, se le habían adosado un par de insultantes antenas. Le seguí la pista años siguientes hasta que no hubo recambio generacional que perpetuara el espectáculo. Quizás el chico fuera luego el joven de la moto que, en un recinto cilíndrico minúsculo, daba vueltas sin parar, petardeando el motor de su máquina, a modo de hámster en la noria de su celda. No lo pude comprobar porque esta vez su cara andaba cubierta con unas enormes gafas de motorista.
Pero, ante todo, por encima de todas las atracciones, la Feria fue la cuna de mi primer amor y mi primer beso, tembloroso y asustado, enamorado y caliente como una galleta mojada. Fue al pie de ese animal gigantesco y curioso, que guardó por un instante un silencio fugaz, en la misma orilla de esa playa, al vaivén de las olas ...
2 comments:
no hay derecho , osea que escondido entre las faldas de tu piti te pegástes el paseo por el mostruo-de-guatemala. Y yo en la playa con resaca...
no hay derecho , osea que escondido entre las faldas de tu piti te pegástes el paseo por el mostruo-de-guatemala. Y yo en la playa con resaca...
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